
Por: Maikol Picado Cortes
El trabajo con personas jóvenes siempre nos desafía a mirar la realidad a través de múltiples perspectivas. Durante la semana del 15 de junio y en colaboración con el Centro Universitario de Tilarán, tuvimos la oportunidad de desarrollar un taller de prevención del suicidio dirigido a tres grupos de diversas juventudes: estudiantes de séptimo año, estudiantes de décimo año, y un grupo de jóvenes de edades combinadas un poco mayores.
Aunque compartían el mismo espacio geográfico y la misma meta de aprendizaje, la vivencia y la asimilación del taller nos dejó importantes lecciones teóricas y humanas, basadas en el trabajo fuerte y comprometido que hacemos desde el Centro Agenda Joven en Derechos y Ciudadanía de la UNED.

El taller se estructuró a partir de nuestra investigación titulada, Revisión sistemática de literatura sobre suicidio: factores de riesgo y protectores en jóvenes latinoamericanos 1995-2017, la cual conceptualiza el suicidio no como un hecho aislado, sino como una respuesta multifactorial ante crisis psicosociales, biológicas y culturales. Desde esta perspectiva, el objetivo central no fue abordar la muerte, sino potenciar la vida mediante la identificación de factores de riesgo y factores protectores.
A través de dinámicas participativas como el “Semáforo de las emociones” y la construcción colectiva de un “Muro de protección”, pudimos palpar cómo se manifiestan estas realidades según la etapa en que se encontraba cada grupo, por ejemplo, el grupo más chico en términos de edad, fueron los séptimos años en donde la necesidad de pertenencia a grupos de pares y la aprobación externa toman importancia, momento vital en que también puedan surgir factores de riesgo como los problemas de comunicación en la familia, el acoso escolar, el aislamiento, entre otros. En cuanto al principal factor protector que se evidenció en este grupo fue la familia, un espacio donde se sienten seguros, en paz y con tranquilidad. Este hecho reafirma lo encontrado en las diversas investigaciones sobre factores protectores, la familia se convierte en la principal herramienta que se tiene para afrontar la realidad y prevenir el suicidio.

El segundo grupo compuesto por jóvenes entre 15 y 16 años la conversación fue en torno a la combinación simultanea de factores de riesgo, donde las aspiraciones subjetivas toman mayor importancia y las exigencias sociales y académicas se siente como un deber a cumplir. En la acera del frente tenemos la autoestima, las buenas relaciones con sus pares, así como las capacidades individuales para sobreponerse al estrés como factores protectores que producen en los jóvenes seguridad y empatía.
El último grupo en donde las edades eran variadas los factores de riesgo se concentran en espacios como la familia y el trabajo donde existen situaciones generadoras de estrés que podrían provocar, en algunos casos, que las personas se sientan abrumadas, tristes, incapaces, desilusionadas, abatidas con enojo o ansiedad. Los proyectos de vida, las metas y anhelos a futuro son algunos de los factores protectores que se identificaron con esta población.

Trabajar con estos tres grupos en Tilarán nos demostró que las estrategias de prevención no pueden ser genéricas. Mientras que en los más pequeños debemos trabajar fuerte en la comunicación familiar y la adaptabilidad al ambiente escolar, en los jóvenes mayores el trabajo va dirigido hacia sus proyectos de vida, sus amistades, su autoimagen y las redes comunitarias de apoyo.
La literatura nos recuerda que casi una tercera parte de las personas jóvenes que caen en riesgo lo externan de formas diversas, como pueden ser expresiones pesimistas, desinterés en cosas que antes los animaban y aislamiento; es por ello que trabajar a partir de talleres y en colaboración con los centros que tiene la universidad en todo el territorio salva vidas. No porque ofrezcan soluciones mágicas o instantáneas, sino porque abren espacios seguros de diálogo donde las juventudes descubren y dan cuenta de que, aunque sus realidades individuales sean complejas y distintas, en comunidad y compañía se es capaz de construir relaciones sanas que protejan y permitan sentir confianza y empatía por los demás y por ellos y ellas mismas.