
Por: Bryan Roberto Vargas Vargas
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Soy un sociólogo joven, ya no en sentido etario, sino en el referente de que creo que llevo poco tiempo trabajando desde este lugar. Como en todo, hay cosas con las que me siento bien y otras con las que no tanto. Sin duda, entre las cosas que más valoro, en mi limitada comprensión del mundo, está la oportunidad de internarlo, de conocer comunidades, de observar, de leer, de escuchar al otro. Esas cosas ya no son de este mundo de la sociedad de la inmediatez.
En ese sentido se puede sentir cierta plenitud: observar y, desde las limitaciones —materiales y de conocimiento—, quizá dar una pequeña idea o crítica de cómo llegar a una sociedad más justa.
Contra lo que sí tengo resistencia es con el resultado final de alguna sociología —diría que de la ciencia social en general—. Me refiero al morbo de solo ver y clasificar la realidad social por categorías y para todos los gustos.
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La historia de las ciencias sociales no la voy a contar yo; para eso ya hay muchos mejores pensadores que se han asumido tarea. Sin entrar tampoco en la lucha de las “ciencias de la sociedad” por legitimarse como ciencias, veo aquí una gran cola que me molesta: la necesidad de mostrar.
No quiero posicionarme o verme anticientífico; me refiero a que nuestro objeto de conocimiento son personas, problemas humanos, luchas, sufrimientos, dolores. Y esto es muy diferente a la evidencia empírica que puedan dar otras áreas del conocimiento humano. Veo un problema ético allí.
No se trata de anonimizar datos para no mencionar a nadie, no se trata de eso. ¡Cuánta insensibilidad hay en quitar nombres y rostros de las bases de datos! Que me disculpe la sociología, si es que existe. En la pornografía tampoco importa mucho el nombre o la historia de cada una. Lo que importa es el cuerpo expuesto.
Lo veo en el sentido de volver a ver los problemas sociales: la realidad observable y la mediada sociológicamente. Una la vivimos cotidianamente y la segunda es una delimitación a conveniencia. De esa delimitación a conveniencia —racionalidad o “conocimiento científico”— se pueden motivar críticas, transformaciones, políticas públicas, buenas ideas. Eso sería lo ideal, pero claramente no vivimos en una sociedad que funciona ideal, somos más un intento de cómo se vería la estabilidad social, sin que se alcance nunca y, lastimosamente, mucha de la “racionalidad” ordenada en pensamiento sociológico termina en nada.
Vuelvo a la idea inicial: la necesidad de la ciencia social por consolidarse como ciencia. Hay aquí un hueco del que no logro salir. No es como en la química, en que muestro empíricamente qué sucede si mezclo un elemento con otro. No estamos en ese nivel de objetivación, y si queremos estar en ese nivel de objetivación, entonces prefiero no estar en ese juego.
Creo que, como disciplinas del pensamiento social, nos estamos jugando de manera peligrosa la sensibilidad y el sentido de nuestro rol en la sociedad. ¿Nos interesa ser personas de ciencia y entregar la realidad medida? ¿Todavía estamos en esa discusión a estas alturas del pensamiento humano? Yo no quiero entrar allí.
Peligrosamente seguimos las reglas científicas en todos los aspectos, y una de las que más me molesta es la sociología de artículos científicos. Un artículo científico será un gran final para muchas áreas del conocimiento humano; es un trabajo arduo, y enhorabuena para todos que exista ese documento allí escrito. (Aquí sí entran otras discusiones: quién lee, entiende y usa ese conocimiento.) Lo que no veo bien es la sociología que busca solo llegar a ese punto, en la que lo que importa es un exhaustivo detalle metodológico de lo que se obtuvo. Sí, también soy antimetódico: no creo que exista un método en ciencias sociales, mucho menos que se enseñe como universal y aplicable a cualquier contexto social.
Algo me disgusta en mostrar en un artículo científico esa realidad matematizada. “¡Esa realidad no es nueva! Los problemas sociales y humanos ya estaban allí antes de ese artículo. Y no necesitaban ningún informe sociológico para existir. No se necesita de la sociología para confirmar su existencia.
Peor aún, la sociología y el sociólogo o la socióloga, en su incapacidad humana y material, ofrecen una versión de la realidad mucho menos compleja que la realidad misma. ¿De qué nos sirve esa realidad misma? Ojo, ya lo decía anteriormente: en una sociedad ideal, esos insumos servirían para construir una sociedad diferente. Pero ¿qué alcance tiene ahora, en la Costa Rica de 2025?
Esta es mi lectura: ¿qué creo que estamos haciendo?
Voyerismo sociológico
Si el lector se atreve a revisar la forma en que se categoriza la pornografía se dará cuenta que muchas “etiquetas” encajan perfectamente con palabras clave que podrían salir en cualquier artículo sociológico”:
- Negros
- Latinos
- Asiáticas
- Venezolanas
- Familia
- Dominación
Seguramente la sociología tratará de adornar las categorías queriendo ser respetuosa con los grupos, sin darse cuenta de que, en ese acto, nombramos la realidad con nuestros limitados conceptos y, lo más preocupante, eliminamos la decisión política de autonombrarme.
¿Qué vemos en un artículo científico?
Una realidad parcelada y delimitada. Menos compleja y sin rostros. Sin rostros, que es precisamente a quienes nos debemos: a la gente, si es que las ciencias sociales tienen esta finalidad.
Aquí el voyerismo sociológico: el artículo nos sobreexpone la realidad, nos la cataloga. Como personas investigadoras de la sociedad, nos sobreestimulamos leyendo una realidad que ya antes era vista. Esa incesante necesidad de hacerse ciencia, y lo que logramos es hacer ver nuestras limitaciones.
Volvemos a ver la realidad social, ahora intencionada, edulcorada por quienes pretendieron entender la realidad antes de mí. Nos hacemos expertas en realidades delimitadas.
Volver a ver una y otra vez, por el hecho de verlo. En la pornografía no importa mucho el nombre o la historia de cada una; lo que importa es el cuerpo expuesto.
Ya el desempleo estaba allí: se vive, se sufre. La violencia de género estaba allí: se vive, se sufre. La migración estaba allí: se vive, se sufre. El racismo estaba allí: se vive, se sufre. La exclusión educativa estaba allí: se vive, se sufre. Y la lista puede seguir. La realidad social está allí, se vive, se sufre. No necesito que nadie me la dosifique para verla. ¿Qué estamos mostrando? Es morboso fotografiar, describir, grabar, mapear, para finalmente restregar la realidad de muchas en la cara.
Quiero agradecer a mi colega Fernando quien me leía esta reflexión y me llamaba la atención con la cual coincido perfectamente, decía:
“¿Pero qué pasa con todas las investigaciones que proponen co-autoría con las personas involucradas en la investigación? ¿Qué pasa con todos los ejercicios de Investigación Acción Participativa? ¿Qué pasa desde disciplinas antropológicas o literarias en donde “la autoridad” del científico o del autor queda rudamente cuestionada?”
Me hacia ver también la necesaria importancia de la reflexión sobre la divulgación científica y de ¿Qué pasa con toda esta gente que se observa / examina “pornográficamente”?
¡Sí, totalmente!
Y vale la pena decirlo con fuerza: sí hay ciencias sociales, comunidades, movimientos, luchas y científicas/os sociales que quieren hacerlo diferente.
A PUNTO DE TERMINAR
¿Por qué lo hacemos?
No quiero con esto decir que desestimo la necesidad de la sociología, del pensamiento social, de la investigación, de la ciencia. Esta inquietud que siento me surge por querer una sociología desde otro lugar. La necesidad de legitimarse como ciencia nos ha desviado de la oportunidad que tenemos de realmente entender la realidad con sensibilidad, con rostro, con nombres. con historia, con complejidad. Esta no es una inquietud en contra de la sociología; esta me ha ayudado a sensibilizarme, a pensar al menos en una mejor sociedad y eso lo agradezco.
Estamos todavía en esa trampa de la modernidad, de la racionalidad y la ciencia, y de que hay que dosificarla de esta forma para entenderla. Que, en lo práctico, ni estamos comprendiendo ni mucho menos transformándola para un bien común.
En la pornografía no importa mucho el nombre o la historia de cada una. Lo que importa es el cuerpo expuesto. Cuidado con eso.