
Por: Fernando Obando Reyes
“La era del streaming presenta una paradoja: las plataformas diseñadas para eliminar fronteras han revelado, en cambio, cómo el idioma, la cultura y la geografía siguen moldeando nuestros mundos musicales. Tu gusto no es solo una preferencia personal; está influenciado por el idioma que hablas, las políticas que establece tu gobierno y el contexto cultural en el que habitas.”
Susana Pérez Posada en “Spotify showdown: Which countries stream local artists the most”
Las preocupaciones y reclamos sobre el estado de la música local no son cosa nueva. Es más, me atrevo a decir que se presentan con frecuencia desde hace varios años[1]. Pero también es cierto que estas discusiones se apagan rápidamente: quedan reducidas a nichos de debate entre músicos, logran poca exposición general y suelen ser impulsadas por algunos necios que insistimos repetidamente en la temática. Aunque reaparecen varias veces al año, no lo hacen con la periodicidad ni en los contextos necesarios.
Parece que, desde hace unas semanas, no dejamos de hablar de la música costarricense. Excelente. Mantengámoslo así. ¿Pero qué desató esta ola de conversaciones y debates? ¿Qué ha llevado a decenas de músicos jóvenes a tomar sus teléfonos y redes sociales y a proponer una serie de dinámicas para visibilizar y difundir la música local? Lamentablemente, no fue algo positivo.
Podríamos decir que la bulla comenzó a raíz de la publicación de un estudio sobre streaming musical realizado por Skoove (una aplicación para aprender a tocar piano) y la empresa de procesamiento de datos DataPulse Research. La investigación se encargó de analizar las listas correspondientes al “Top 200” semanal de Spotify en 73 países durante 59 semanas (o sea, un año y un poco más). Los resultados: “Un mundo dividido por la música”, asegura la plataforma. Pueden leer el estudio en detalle aquí, pero, en síntesis, algunos países muestran comportamientos radicalmente distintos a otros y el lenguaje, el mercado interno y la hegemonía cultural juegan papeles decisivos.
Pero dejemos al mundo entero en paz por un rato y concentrémonos en Costa Rica: nuestro país fue uno de los seleccionados para el monitoreo. ¿Cuál fue el dato que asustó a muchas personas? Puede que no les haya llegado el chisme, pero la investigación indica que “Costa Rica es el único país que cuenta con 0 artistas en su Top 200”. Dicho de otro modo: pasó un año y 0% de artistas ticos lograron colarse en el monitoreo de lo “más popular” del país. Para terminar de echarle sal a la herida, el estudio incluye un gráfico a todo color que muestra cómo Costa Rica queda en el último lugar.

Ahora bien, lamentablemente algunas personas han leído de manera descuidada el dato y han asegurado que el estudio afirma que en Costa Rica se escucha 0% de música nacional. Esto es falso. Permítanme repetirlo: no es cierto. El estudio en ningún momento afirma eso; siempre recalca que sus mediciones se limitan al “Top 200” de Spotify de cada país en un periodo determinado. Si nos guiamos por lo que reporta ACAM sobre los porcentajes de escucha de música nacional en medios locales (aproximadamente 3%)[2], no hay duda de que es muy posible que el porcentaje de escucha en streaming también sea bajo (pero no es nulo).
Claramente, estos detalles no nos pintan un panorama más optimista y provocan un gran susto. Pero, parafraseando a Daniel Matarrita en una conversación informal que tuvimos por Instagram: “cansa un poco que la gente se quede con el susto”. Así que aquí estamos, intentando no quedarnos con el corazón en la mano y buscando explicaciones para la actividad paranormal musical costarricense.
Insisto en que el dato del 0% ha funcionado como una cadena de teléfono chocho en la que, lamentablemente, muchos de los factores de peso que nos ayudan a explicar el resultado no se están discutiendo lo suficiente. La buena noticia es que el propio estudio de Skoove y DataPulse Research ofrece muchas respuestas. A continuación, presento una pequeña lista de puntos que, en mi opinión, nos pueden ayudar a deconstruir el 0% y a contextualizarlo mejor:
• Las delimitaciones del estudio. Insisto: “Top 200”, Spotify, 1 año. Estas delimitaciones son clave. Se nos da un campo de acción limitado a un solo servicio de streaming; se nos advierte que, a lo largo de un año, las listas pueden cambiar abruptamente y que en este Top 200 hay muchos artistas que se repiten sin importar el país. Doscientos lugares para un monitoreo mundial es algo muy limitado. ¿Tienen idea de cuántos artistas de “talla internacional” existen? Miles. Apuesto a que si revisamos el Top 1.000 de artistas más escuchados en Spotify encontraremos nombres fácilmente identificables. Mi punto es que no debería sorprendernos tanto no encontrarnos en un Top 200, porque históricamente no hemos tenido un acto musical que se cuele ni en el Top 1.000 de Spotify. ¿Tenemos potencial para lograrlo? Sí, pero esa es otra discusión.
• Cuotas por ley y políticas públicas culturales. El artículo menciona que los países que exigen cuotas mínimas por ley pueden marcar una gran diferencia. Para exponer el punto se usa el ejemplo de Francia, que exige programar al menos 40% de música local en la radio y aparece con alrededor de 60% de presencia de artistas locales en las listas analizadas. Una ley de cuotas es apenas rascar la superficie de la acción gubernamental en materia cultural; pero, como indica el estudio, este tipo de intervención puede ayudar a “nivelar” la cancha. (Y hace rato que empezó la mejenga y vamos perdiendo por goleada.)
Mientras escribo este artículo me llega un mensaje que me sorprende: una publicación en Instagram de Ariel Robles Barrantes (diputado por el Frente Amplio y candidato a la Presidencia) en la que se le muestra presentando ante la Asamblea Legislativa un proyecto de ley que busca asegurar una cuota del 10% para la música nacional. La fecha es 3 de octubre de 2025. Aplaudo la iniciativa del legislador, pero me parece inaudito que nos haya tomado tanto tiempo. Además, un 10% apunta bajo. MUY BAJO. es raro encontrar países que exijan menos del 25%.
He realizado suficientes monitoreos de artistas locales como para afirmar que podríamos alcanzar un 40% sin problema. Es lamentable que iniciativas como las que tuvo en su momento “Costa Rica Radio” (hoy “Radio Nacional”, frecuencia 101.5 FM), de programar exclusivamente música local, hayan quedado en el olvido, y que muchas veces lo más que tengamos en la radio sea un par de programas de una hora que incluyen algunas propuestas locales.
Insisto en que este tipo de leyes de cuotas es apenas rasgar la superficie de la acción gubernamental, pero lo dejo aquí con la advertencia de que hace falta una intervención más audaz en política cultural. Para algunas personas con las que he hablado ya es demasiado tarde; para mí también, pero quizá sea mejor tarde que nunca.
• El asunto del lenguaje. El estudio muestra que el lenguaje puede generar resultados muy particulares. En lugares donde el idioma es muy diferente al de países vecinos se pueden formar pequeños “mercados fortaleza” (fortress markets), lo cual beneficia a los artistas locales, como ocurre en India o Finlandia. Curiosamente, el estudio también señala que puede ocurrir el efecto contrario (y utiliza a Costa Rica como ejemplo): estar en una región donde muchos países vecinos hablan el mismo idioma (en nuestro caso, el español) facilita que llegue mucha música de otros países hispanohablantes, lo que genera una competencia por la atención más compleja. Esto tiene implicaciones importantes para el mercado.
• El mercado regional. Sin entender el estado musical de la región, la lectura del 0% no conduce a nada. Durante el periodo analizado para Costa Rica, el 72,4% de la música en el Top 200 provino de Puerto Rico (32,6%), Colombia (28%), Argentina (2,5%) y México (9,3%). El restante 27,6% se reparte entre Estados Unidos (12,7%) y un misterioso “otros” (14,9%). En otras palabras: somos importadores expertos de música y mostramos una fuerte preferencia por la música en español producida en la región.
El estudio también menciona que el tamaño del mercado es un factor clave (p. ej., Estados Unidos y sus ≈330 millones de potenciales oyentes). Esto debería llevarnos a pensar que el problema no es solo que Costa Rica sea un mercado pequeño, sino que nuestras estrategias deberían centrarse más en una lógica regional sin perder las oportunidades locales.
• La batalla algorítmica. Este factor es clave para entender un lugar como Costa Rica. La investigación indica que la influencia algorítmica varía drásticamente según la región. Además, la “influencia algorítmica” no es una fórmula lineal: puede potenciar mercados locales o, al contrario, aislarlos; y depende mucho de cómo los usuarios interactúan con los algoritmos en la plataforma. A continuación, incluyo varios enlaces a estudios liderados por Ignacio Siles (investigador de la Universidad de Costa Rica) que muestran la complejidad regional: Enlace 1, Enlace 2 y Enlace 3.
Antes de pasar al siguiente punto, rescato un par de frases del estudio que nos ayudan a avanzar: “mientras que los algoritmos protegen a los artistas locales en los mercados-fortaleza, generan algo completamente distinto en el resto del mundo: una lista de reproducción internacional sorprendentemente uniforme. Cuando los países escuchan música extranjera en streaming, ya sea el 15% restante de la India o el 100% de Costa Rica, eligen casi exactamente a los mismos artistas…”. “(…) [los éxitos globales] saturan por completo las listas de reproducción en mercados más pequeños, sin barreras lingüísticas ni masa crítica. Los datos de los rankings de Costa Rica muestran el caso extremo. Los algoritmos no aplastan universalmente las escenas locales; amplifican el patrón que ya existe, creando dinámicas de ‘el ganador se lo lleva todo’, donde los fuertes se hacen más fuertes y los débiles desaparecen por completo.”
• El monopolio musical. Otra conclusión del estudio es que, sea Costa Rica o India, la música internacional elegida por los oyentes es muy similar: existe una cúpula de artistas internacionales que dominan las listas de popularidad a escala global. Normalmente estos artistas cuentan con el respaldo de una enorme maquinaria comercial que sostiene su promoción mundial. Cabe preguntarse si es plausible que un artista local acceda a ese entramado comercial. Quizá la respuesta haga que el 0% parezca menos amargo y más realista.
Intentaré no extenderme mucho: mi intención era darle algunas vueltas al estudio para contextualizar un número que asusta pero que, por sí solo, explica poco. Aun así, no quiero irme sin mencionar cuestiones que el estudio no aborda pero que son necesarias para discutir el entorno local.
- Tenemos una enorme diversidad y cantidad de propuestas musicales. En Costa Rica se abarca un espectro enorme de géneros musicales a lo largo y ancho del país. También se cuenta con todo tipo de “calidad” de grabaciones, así que hay material para el audiófilo más exigente y para el alma experimental más anárquica. El listado de artistas que hemos recogido en casi seis años de la sección “Sonidos y Ruidos Jóvenes” demuestra que hay música local para escuchar durante horas y horas. En pocas palabras: material hay de sobra; lo que necesitamos es idear cómo moverlo.
- ¿Cómo moverlo? Muchas iniciativas de comunicación y producción musical han aparecido y otras se han consolidado con el tiempo. Lit By Lit, Verso per Verso, Kilómetro Cero, Beat Local, Dance To The Radio, La Necedad, Escándalo Records, Panchita Radio, Frecuencia Lavanda, Santos Rock, Música para Llevar, Museo del Viento, CR Indie, Findependiente, Bocaracá, Indie Rock Costa Rica, Marea Cultural, Adiós Alajuela, Jale al Chivo, Mumsica.cr, Maldito Estudio, Sello Furia, Long Beach Records Latam, House of Artists, Perra Pop, Sad José, Rock Fest, Radio TicoSound, Niñes Rata, Conquista Sessions, Hip Hop Nation… son solo algunas entre muchas iniciativas que, cada una a su manera, han apostado por la música nacional. Estoy seguro de que dentro de ese entramado hay espacios que les servirán para descubrir música nueva.
- Hay nichos de oportunidad que las personas artistas están aprovechando. No quiero presentar a las redes sociales como la salvación absoluta, pero tampoco negar que plataformas como Instagram, TikTok y Twitch han abierto puertas de visibilidad para muchas propuestas. Otros espacios que también se explotan son los videojuegos, el cine, Bandcamp y proyectos transmedia.
- Tenemos artistas locales que han firmado con disqueras internacionales o que en los últimos años han mantenido relaciones con estas. Pongo esto porque creo que amerita toda una conversación en sí misma; pero los casos de Debi Nova, Kavvo, The Saint Cecilia, Escats, Siho Villalbos, Byron Salas y Shantty (por mencionar algunos) son dignos de estudio.
- Hay artistas que se han colado en las “listas virales” principales de Spotify en costa rica. En el “Top 50” local ha estado Café Surá, Deeikel, Toledo, Dani Maro, Kavvo, Cocofunka, Xeuz, Debi Nova, entre muchos más. Estar ahí no es imposible; lograr mantenerse es el verdadero reto.
No quiero ser aguafiestas. Creo que compartir música, seguir artistas en redes y consumir su contenido es algo importante y deseable. Pero no creo que con playlists, likes o invitaciones genéricas (“métase y busque más artistas”) la cosa se solucione. Se agradece la buena intención, pero eso sería ponerle una curita a una herida grande que viene supurando. Como he insistido, hay una responsabilidad institucional que debemos exigir, y también una responsabilidad individual que debemos procurar: aportar con nuestra presencialidad en los eventos locales. Tenemos que volvernos parte del ecosistema que permite que existan proyectos sostenibles. O sea: vaya a los chivos, cómprele música y mercancía a su artista favorito… y hable con ellos. No se imaginan lo que una buena conversación puede significar para la motivación de un proyecto cuando está empezando y se siente intimidado por el embrollo en el que decidió meterse. (No podemos salvar a todos los patitos feos, pero sí hacerlos sentir un poco mejor.)
En lo personal creo que hasta que no se cumplan ciertas condiciones nos costará mucho caminar. Hay muchas, pero voy a elegir cuatro:
- Apoyo y aprobación de un proyecto legislativo de cuotas que no tema buscar porcentajes altos y mire más allá de los medios tradicionales. Esto también va a demandar unión gremial, así que abróchense los cinturones.
- Mayor apertura de espacios desde los medios de comunicación dominantes y apoyo a las iniciativas independientes para que estas puedan sostenerse a lo largo del tiempo. En este momento ninguna propuesta de comunicación musical sobra. Debemos mantener las que tenemos y apostar por una proliferación de nuevas iniciativas con diferentes tonos y enfoques.
- Programas de diversas institucionales (gubernamentales y no gubernamentales) que nos permitan trascender la visión de la música como “consumo” y busquen la inclusión de la música local en la cotidianidad de las personas desde muy temprana edad, sin dejar de lado la sensibilidad a su contexto.
- Borrarnos la cabeza el término “industria musical” y pensar en un “ecosistema musical”; porque hasta el día de hoy la “mentalidad industrial” solo nos ha puesto en un lugar de subordinación y nos ha vendido delirios inconsecuentes. La palabra “mercado” no es una mala palabra, pero quizás es hora de abandonar los clichés neoliberales que la empapan y dejar de lado “la competencia” que exacerba para reemplazarla por un cooperativismo que nos puede ayudar a tejer redes comunitarias de acción que eventualmente podrán tener un alcance más amplio.
Hay personas que se encuentran ideando otras propuestas, por ejemplo, me llamaron poderosamente la atención las que proponía Bruce González (productor y músico costarricense de gran trayectoria) en su perfil de Facebook. Se las resumo así: desarrollo de programas modernos académicos y de negocios por parte de las universidades públicas, apoyo financiero especial para el sector creativo por parte de la banca estatal, fortalecimiento municipal de las instancias culturales locales, articulación interinstitucional enfocada en la exportación musical y programas educativos por parte del Ministerio de Educación Pública. Creo que cada una de estas ideas podría ser desglosada cuidadosamente y contemplar una importante cantidad de estrategias que nos ayudarían a llevarnos a resultados positivos.
Finalmente nos vamos acercando a la conclusión de este texto. Prometo no atormentarles con mis diatribas por un buen rato. Antes de irme no quiero dejar de expresar una duda existencial. Puede ser que esté llena de contradicciones y tire al piso algo de lo que escribí. A la larga ustedes me ayudan a resolverla: Pensé que hace unos meses atrás estábamos terriblemente furiosos con Spotify por sus negocios armamentistas y prometimos alejarnos de él. ¿Por qué se nos acaba el mundo si un estudio nos dice que no está sonando música local allí? ¿Amamos a Spotify de nuevo? ¿Nos está ganando el miedo al “no estar allí”? ¿Realmente necesitamos estar allí? Sí, “ahí está casi todo”; pero estudios como el que tocamos acá nos demuestran que el negocio del streaming presenta enormes contradicciones. No importa si abrieron cuenta en YouTube Music o en iTunes; los negocios turbios de los grandes conglomerados de tecnología prosiguen. Lo único bueno de este caos, es que al parecer nos estamos cansando y nos estamos atreviendo a pensar en formas de conectar la música con la gente más allá del streaming. ¿Lo lograremos?
Espero que este texto haya servido para alejar un poco el susto (o incrementarlo) y que nos atrevamos a seguir hablando de música local hasta quedar exhaustos. Sé que muchos están aprovechando el momento para anunciar sus últimas producciones musicales (se vale), pero ojalá podamos trascender la mera autopromoción y construir una sensibilidad colectiva. Con o sin Spotify, estoy seguro de que aún existe una posibilidad de transformar el 0% por ciento en otro número y construir un ecosistema más saludable en el que las propuestas creativas nos hablen de un contexto que ha encontrado nuevos caminos.
Epilogo (que nadie pidió)
¿Han vivido este escenario? Descubren una canción de música tica que les gusta mucho y se la muestran a alguien que quizás no acostumbra a oír música local. Su reacción es positiva y les pregunta ¿Quiénes son? Ustedes responden: “es X agrupación, son de aquí”. Entonces, una cara de total incredulidad y una voz llena de escepticismo se apodera de nuestro interlocutor quien nos golpea con un “¿En serio? ¿Son de acá? Mirá vos”. Hay un silencio incómodo que a veces se acaba gracias a una discusión efímera sobre “lo que se hace acá”, “el poco apoyo que hay” y unos cuantos nombres de artistas que se pierden con el viento antes de pasar al siguiente tema de conversación.
Hasta que esa incredulidad no se vuelva algo extraño tendremos que seguirnos preocupando. Hay toda una historia que nos ha traído al punto de confusión en el que estamos; una que seguimos reconstruyendo y descubriendo porque ha sido deliberadamente marginada durante mucho tiempo. Probablemente conocerla nos brinde pistas para el porvenir porque el futuro de la música local aun no esta escrito en piedra.
Agradecimientos. Quiero agradecer a todas las personas que han sacado un ratito para conversar conmigo de estos temas en algún momento y a quienes me han aguantado estos días en Instagram: Fo León, Daniel Matarrita, Donoban Sotelo (Miura), Fernando Torres, Fauh Jiménez, María Zeledón, Jessica Álvarez, Carlos Soto, Alonso Aguilar y Bruce González. Muchas gracias.
[1] Recuerdo con particular claridad un escrito de Fo León llamado “Apocalipsis ahora” (2018), en la desaparecida Revista Vacío, en donde habla sobre la precarización laboral de los músicos locales y como esta ha sido el pan de cada día desde inicios de siglo.
[2] Después de una consulta a ACAM se aclaró que este porcentaje no mide lo que se escucha en plataformas de streaming.