Una tragicomedia en siete actos sobre la movilidad urbana para personas estereotípicamente citadinas


Imagen tomada de la nota: Presas llegan a un punto crítico: conductores demoran 3,2 minutos en 100 metros. Publicada en CR HOY. Francisco Ruíz. 7 de abril del 2026.

Por: Fernando Obando Reyes

Here in my car
I feel safest of all
I can lock all my doors
It’s the only way to live in cars

Gary Numan – Cars (Álbum: The Pleasure Principle; 1979)

Uno: En nuestros zapatos (a pie)

El temeroso sol moraviano intenta calentarnos las manos, pero la brisa fresca lo detiene a ratos. Es otra tarde aburrida de 2008 después del cole y las ganas de volver a la casa se desvanecen entre conversaciones triviales con los compas. Yo ya no me devuelvo a la casa en buseta porque así mi mamá ahorra plata y yo me digo a mí mismo que finalmente estoy haciendo algo de ejercicio. Al final son solo 2.5 kilómetros de camino. Tampoco es para tanto.

Eli me espera cerquita del portón de la entrada principal, me ve de arriba para abajo con una sonrisa y me dice: “¿Entonces Obi? ¿Nos vamos caminando?”. Una pregunta que en realidad es un mero formalismo. Claro que nos vamos caminando. Esa es la opción que más sentido tiene en nuestras mentes y la única que nos permite alargar nuestras conversaciones sobre el rock manufacturado de MTV que está cercano a morir.

Antes de partir vemos a unos trabajadores poniendo los rótulos de la Interlínea que pasará por Moravia. “¡Obi!, dicen que en un par de meses empiezan a funcionar los buses. Nos sirve montones”. Vaya. ¡Qué optimismo! Quisiera creer con el mismo entusiasmo. “Uy, mae, sería una salvada, fijo hace una parada por la Lincoln, a usted le quedaría biensísimo y a mí con que me acerque ahí por Plaza Los Colegios, ya quedo tuanis”.

Emprendemos el relativamente corto camino a nuestros hogares. La brisa desaparece y el augurio del cambio climático se hace presente a través de un sol insoportable que empieza a llenar de sudor el horrible uniforme del colegio. Los sobacos de la camisa se mojan y unas cuantas gotas de la frente caen en el pantalón gris rata que tanto me disgusta. Pero no importa. Caminando nos sentimos libres. No tan libres como los cientos de carros que nos pasan al lado durante el camino. Pero libres al fin.

Después de ese año a Eli no le volvería a ver en un buen rato y a los buses de la Interlínea no los vería funcionar hasta 2013. Lamentablemente, viviré lo suficiente para ver algunos de sus especímenes entrar en peligro de extinción en 2025. ¡Qué corta es la vida de los buses en el país de los carros!

Dos: En buses (empapado)

Bus de Tibás a la UCR. Bus de la UCR a Tibás. Esa ruta será mi uróboro personal durante 8 años. Si el periodo fue largo no fue por vagancia, sino por la necesidad de sacar dos profesiones ante el mantra “con una carrera ya no basta, hay que combinarlo con algo para no morirse de hambre”. Antropología y Comunicación. “Qué linda combinación” , dicen algunos. “¡Tremendo idiota! ¡Qué dicha que no se dedicó a la coctelería!”, dicen otros.

En alguna tarde sin nombre del 2010, Tlaloc decidió dejar sus asuntos en México y vino a Costa Rica para pegarse un fiestón con San Isidro Labrador. En lo más y mejor, encontraron divertido probar cuánta lluvia podía soportar un humano en una “parada” de bus para probar su resistencia acuática y espiritual. Escribo “parada” entre comillas porque no sé si el pedazo de acera rota en el que esperábamos los mortales podía ser considerado una estación de autobús. Cuántas veces habré visto caritas confundidas de primer ingreso preguntar: “Disculpe, ¿aquí para el bus de Tibás de la UCR?”. Los veteranos miran a los novatos con satisfacción y les dicen: “Así es, hacemos la fila detrás del poste de luz. No se arrecueste al portón de esa casa porque el roco que vive ahí es un invivible y le molesta que le hayan improvisado la parada enfrente de la choza”. Nadie se queja, nadie se preocupa. ¿Por qué habrían de hacerlo? Es solo otra parada improvisada más.

Pero volvamos a la lluvia y a mi sufrimiento estudiantil. Esa tarde comprendí que quien inventó el paraguas nunca vivió en el trópico. Ese pedazo de tecnología había resultado inútil ante el aguacero que nos atacaba. Si no le tuviéramos tanto miedo a la funcionalidad y tanta veneración a la estética, todos hubiéramos estado con una gruesa capa que nos cubriera de pies a cabeza. Llegué a la u totalmente empapado solo para encontrar una nota en la puerta de la clase que decía: “Nos vemos en el auditorio del primer piso de Sociales”. Y ahí estaba yo. Como un pollo mojado. Tiritando del frío cortesía del arcaico equipo de aire acondicionado del mini auditorio. Oyendo a una arqueóloga estadounidense a la cual poco le interesaba hablar en español (excepto para pronunciar palabras ininteligibles) intentando explicarnos no sé qué relacionado con los mayas, el 2012, el fin del mundo y sitios arqueológicos que nunca entendí dónde quedaban.

“¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Por qué me hago esto?”. Estas eran las únicas preguntas que giraban en mi cabeza mientras procuraba no colapsar entre el aburrimiento y la hipotermia. Luchando por establecer contacto con la realidad me puse a ver algunos rostros de la clase. Los más serenos estaban totalmente secos. “De fijo ya estaban en la U o vinieron en carro”. No había otras explicaciones científicamente viables. Esas son deducciones que pocos libros de teoría social enseñan. Me quedé hasta el final de la conferencia. No aprendí nada.

Al caer las seis de la tarde, la lluvia no dejaba de caer. Estaba resignado para el segundo baldazo. Probablemente esta vez el viaje sería auspiciado por un bus con capacidad de 40 personas, pero con 80 pasajeros; vidrios empañados, sudor ajeno, náusea y caras de derrota. Todo un espectáculo para el morbo, todo un castigo para el espíritu estudiantil. “Doble filita y se me hacen para atrás”. Si tuviera un rojo por cada vez que he escuchado eso.

Mientras me preparaba psicológicamente para lo que parecía inevitable, apareció Andrés. “¿Qué me dice, papillo?”, “Diay, mae, aquí pasado por agua”, “¡Qué mala nota mae! Se le ve en los zapatos, se va a resfriar”, “Al chile”, “Pero ¿Usted qué? ¿Va para la choza?”, “Mae, sí. Es todo lo que quiero en este momento”, “Yo ya voy jalando, si me acompaña un toque a hacer un mandado le puedo dar ride a la choza”, “Ah, mae … ¡qué buena nota!”. Casi se me sale una lágrima. Andrés parecía mandado por las mismas deidades que habían provocado las furiosas tempestades. Su aparición era un milagro, un premio para el creyente que había soportado el castigo y había demostrado su fe a la perseverancia académica.

“Mae, déjeme poner el aire calientico del carro para ver si se termina de secar un poco”, “Muchas gracias mi tata. Te amo. Gracias por el ride”, “Me extraña güeón”. Una ráfaga exquisita de viento calientito empezó a salir del Nissan Sentra 98 azul oscuro de Andrés. Era como si el carro me exhalara un cálido aliento de vida para revitalizarme el alma. “¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Por qué me hago esto?”. Las preguntas aparecieron otra vez, pero ahora tenía la respuesta. El martirio es necesario para la claridad espiritual. Algún día me voy a graduar, voy a tener un brete y me voy a comprar un carrito. Y cuando ese momento llegue, intentaré bendecir a mi prójimo que vive en el pecado con un ride a la choza.

Tres: En carros (ajenos)

“¿Quiere agua, señor? ¿Qué música le gustaría escuchar? ¿Cómo estuvo su día? ¿Un confitico?”; “Muchas gracias. Lo que usted lleve en la radio está bien. Muy bien, gracias. Claro, nunca cae mal, gracias”. Esas son mis respuestas al compa del Uber respectivamente.

Se me hace alucinante que en 2015 el nuevo toque sea ir del carro de un extraño a otro. Es como si mi mamá hubiera gastado saliva inútilmente cada vez que dijo: “Nunca se suba al carro de un desconocido y si le ofrece un confite le dice que no”. La sabiduría materna es cuestionada en el país de los carros.

“Esto es la evolución natural de las cosas”, afirmó un compa mientras se limpiaba el bigote de birra. “Admitámoslo, los taxis son una mierda, los carros siempre están hechos una cochinada, son un montón de rocos mafiosos, vulgares y violentos. Siempre llevan el radio durísimo, manejan como el carajo y ponen la maría alterada para sacarle a uno plata”. El estudiante de ciencias sociales que habita mi cuerpo quería echarle un sermón a mi compa sobre el capitalismo de plataformas y su visión clasista y estereotipada de las personas dedicadas al servicio de taxi. Pero hace una semana un representante de la fuerza roja me había clavado 10 rojos del Parque de San Pedro al Parque de la Paz. La herida estaba fresca. Así que simplemente me quedé callado por un rato y dejé a mi compa seguir diciendo sus babosadas.

“Los taxis al fin se van a morir maes, acuérdense de mí, ¡qué rico me sabe! Ahora todos vamos a transportarnos como Dios manda. En carros bonitos, con aire acondicionado y botellita de agua. Si aquí los taxis fueran como en Japón, no estarían jodidos”. El revanchismo apocalíptico de mi compa me produce bastante malestar y me tira a un dilema ético. He tenido pésimas experiencias en taxis, pero también he tenido conversaciones que superaron clases de filosofía de nivel universitario. Me han estafado, pero me han pegado salvadas en momentos en los que ya no había otra opción de volver a casa. Conozco a papás de compas que son taxistas honrados y trabajadores. Además, una vez me salvaron de ser asaltado en la puerta de mi inseguro hogar. Por otro lado, me siento como un grandísimo hipócrita porque me encanta usar Uber. Debo admitir que hay una serie de facilidades tecnológicas y benevolencias con el bolsillo que me tienen apantallado. El mundo siempre se transforma en el universo de los carros. Y seguirá cambiando, me guste o no. Quizás algún día se manejarán solos o aprenderán a volar y ya no les estorbaremos más.

Como mi compa no se calla, decido traicionar al silencio y contribuir a la contaminación sónica. “No sé mae, siento que estás siendo demasiado mal ride con los taxistas y tirando generalizaciones bien idiotas. Los maes tendrán lo suyo, pero son gente que la pulsea como vos y como yo. Además, ¿no creés que esta vara de Uber suena demasiado bien como para ser verdad? ¿Vos al chile te comes el cuento de que esta vara va a ser así de tuanis por siempre? Además, ¿te has puesto a pensar sobre los derechos laborales de los maes…?” “¡Qué raro mae, vos siempre le tenés que ver el lado malo a todo! ¿Qué les hacen en Sociales que los amargan tanto?”. El asunto empieza a agarrar tono de pelea y me arrepiento (ligeramente) de que mi jeta siempre quiera discutir y cuestionar.

“Todo va a salir bien papi, el mercado solito se encarga de esas cosas. Vos solo espérate unos añitos y lo vas a ver”. Fondo blanco.

Cuatro: En dos ruedas (con miedo)

Mi hermanilla se compró una moto. Nadie le dijo nada porque ya está grande y gana su propia plata. A mi santa madre le pasan diciendo “¡Qué valiente su hija con una moto! ¡Ay, es que en la moto la carrocería es uno! ¡Qué arriesgada! ¡Con tanto loco en la calle! ¡Qué valiente!”. Excelente. Justamente la clase de frases que una señora altamente ansiosa necesita escuchar. Ahora tiene una nueva preocupación que incluir en sus oraciones diarias. La motorizada en cuestión no tiene licencia, pero igual saca a la peligrosa a dar vueltas mientras los tráficos duermen. En el país de los carros, la astucia callejera es una gran aliada para quebrantar las reglas con moderación.

“Mae, jale a un chivo. Vámonos en la moto. Ahí tengo un casco. Mándese, mándese. Nada va a pasar”. Dos viajes en moto fue todo lo que se necesitó para convencerme de que nunca quiero comprarme una moto. (Personas conductoras de motos, bicimotos y sus derivados, mi negativa no es nada personal. Respeto y comprendo, pero no comparto).

Debo admitir que ese día gané un poco de empatía por quienes andan en motocicleta y un respeto absoluto por quienes se animan a andar en bicicleta (Pregunta honesta: ¿Cuándo han visto una ciclovía bien hecha en este país?). Varios conductores nos tiraron el carro encima, los huecos en las calles se hicieron mucho más evidentes, el clima nos jugó una mala pasada y para terminar de hacerla quedamos varados en medio de la noche. “Gracias por la experiencia mae, pero creo que prefiero sufrir en carro”. Después de varios desperfectos técnicos y dinero gastado en reparaciones, al final mi hermana terminó renunciando a la motocicleta y decidió venderla. Dicen los rumores que ahora lleva clases de manejo para sacar la poderosa B-1.

“Motos y carros son enemigos naturales”, dicen los creyentes de la mecánica ortodoxa. “No hay razón para pelear, todos los vehículos con ruedas son hermosos”, dicen quienes predican la tolerancia automotriz. “Las ciclovías no sirven para nada, este país no está preparado, lo que a la gente le gusta es subir montes con esas bichas para hacer ejercicio y de paso hacer el papel. Gastan un platal jugando de fitness y esas payasadas ¡Millones es lo que gastan muchacho! ¡Millones! Mejor se comprarán un carrito usado”, me dijo una conductora de DiDi mientras se metía a la ciclovía de San Pedro para inventar un nuevo carril. Quizás me estoy convirtiendo en un agnóstico de la paz vehicular. Yo creo que hay una guerra ahí afuera y que los carros van ganando, aunque las motos y las bicis puedan llegar más rápido a su destino.

Cinco: En trenes (tropicales)

Del tren no se habla más de lo necesario. Es un tema sensible. Hay quienes dicen que es falta de memoria histórica. Yo digo que se trata de un profundo trauma colectivo al cual le seguimos buscando las palabras para explicarlo. Algo como ese partido de la sele en el mundial contra Países Bajos. Exacto. Todo el mundo sabe a qué me refiero, pero mejor no profundizar al respecto. ¿Qué fue lo que nos pasó? Todo el mundo lo sabe, pero casi nadie puede verbalizarlo con ecuanimidad.

El tren lleva su ratico desde su reapertura; sin embargo, no he podido disfrutar de sus bondades. En primer lugar, por su horario irreverente. En segundo lugar, porque su ruta no me comunica con lugares que frecuento. Sin embargo, ahora vivo en Heredia y me resulta una buena opción. Mis primeros viajes, en su mayoría matutinos, transcurrieron sin mayor novedad y emoción. Llegadas en punto, pagos automatizados, derecho de vía. Ya saben. Cosas aburridísimas que emulan al transporte del “primer mundo”. Sin embargo, la adrenalina no se hizo esperar.

Una tarde lluviosa me hizo ver las maravillas del trópico. En el país de los carros la lluvia también cae dentro de los trenes. ¿Cómo es esto posible? La respuesta es sencilla: con mucha negligencia y la más fina tecnología de punta. El pobre conductor promedio de automóvil que desprecia el realismo mágico costarricense nunca entenderá que para lograr este simple truco lo único que se necesita es dejar que las orugas que conectan los vagones se rompan a tal punto que el agua pueda entrar al tren. ¿Repararlas? ¡Qué tontería! Si incurriéramos en tal atrocidad, ¿cómo deleitaríamos a los turistas que vienen buscando las excitantes aventuras de la Esencial Costa Rica?

En un mundo lleno de creyentes de automóviles y ateos del transporte público, yo recomiendo una receta para volver a creer. No hay nada como pasar el puente del Virilla en un tren lleno de agua y con el doble de su capacidad para redescubrir la necesidad de la teología (o al menos de algún sabor de espiritualidad) en medio del aburrido cientificismo de la vida posmoderna.

Seis: En buses (en llamas)

Cuentan los rumores en los noticieros que, ante el colapso vial y la guerra de los carros, varios buses se han inmolado en las calles. La gente racional le echa la culpa a desperfectos mecánicos y a la negligencia de las empresas, pero yo digo que es mentira. Creo que todo es parte de un misterioso plan mayor que mi intelecto no es capaz de comprender. Estos buses están protestando o quizás ya perdieron la esperanza y alzarse en llamas resultó ser la solución. Ya no sé cuántas han sido las bajas por culpa del fuego, pero he escuchado por ahí que ya tenemos más autobuses incendiados que goles de la Sele. Eso es lo suficientemente perturbador como para que yo no quiera entregarme a ningún tipo de ejercicio matemático.

¿Será que los buses están enojados porque los estamos abandonando? ¿Será que están furiosos por nuestra predilección por los carros, las motos y los trenes? ¿Será que aborrecen nuestra falta de empatía con aquellas personas a las que no les queda otra opción que usarlos? No lo creo. En México, Panamá, Estados Unidos y muchos países de Europa o Asia los buses pastan pacíficamente en las calles. Los ferrocarriles de todo tipo los toleran y se llevan de lo mejor. Gente de todo estrato social utiliza diferentes combinaciones de transporte. Un ecosistema de movilidad es posible.

No quiero aportar más a su ira. Quizás he obrado mal y debo expiar mis pecados. Preparo el pase con el monto exacto y me dispongo a realizar el trayecto Heredia-San José pasando por Tibás y Santo Domingo. La noche cae y parece que al chofer le precisa llegar porque pocas veces había visto a un conductor saltarse tantos semáforos en rojo y apretar tanto el gas. Esto enfada al autobús. Como todo animal de carga, puede aguantar un trato un poco brusco, pero cuando este se convierte en una agresión deliberada, saca las uñas y los dientes.

Al pasar el puente del Virilla para llegar a Santo Domingo, un potente olor a fibra quemada empieza a perturbar a las personas pasajeras. Una señora reza, otro muchacho empieza a mover la pierna compulsivamente y una muchacha simplemente se ajusta los audífonos como seña de que esto es solo otro día normal en el transporte público. El olor a carbón quemado se hace más imponente. Mi cerebro catastrofista hace lo suyo y me tira: “¿Así es como nos vamos a morir? En una rápida herediana. ¡Qué muerte más sin gracia!”. El olor a pisuicas chamuscado no se disipa y estoy a punto de entregarme a una plegaria. Empiezo a hacerle cariñito al asiento vacío del lado y le digo al bus en voz baja: “Perdónanos, es que no sabemos lo que hacemos”.

Llámenlo superstición, llámenlo suerte o llámenlo mecánica básica, pero el olor a parrillada empezó a desvanecerse lentamente. El autobús sigue, la ira parece haberse aplacado. Recupero el aliento y respiro profundo sin dejar de acariciar el asiento. Apenas me bajo en la Universidad Nacional pienso: “Han pasado 34 años desde mi nacimiento, mi condición económica es mala pero tampoco ha llegado a puntos inquietantes; quizás es hora de enfrentar lo inevitable.” Este tren de pensamiento quizás no es coherente o lógico, pero en el país de los carros la racionalidad importa poco.

Siete: En el universo de los carros

He decidido que deseo sufrir con dignidad. Quiero sentirme como una persona que logró algo trascendental en su vida.

“Aló, sí, buenas, quería preguntarle… Tal vez es una pregunta extraña, es que yo hice el examen teórico de manejo hace 16 años y lo aprobé. ¿El resultado sigue vigente o debo repetirlo? ¿Es vitalicio? ¿Nunca había escuchado algo así? Sí. Entiendo. Es que realmente nunca tuve posibilidad de comprar un automóvil, bueno, sigo sin tenerla, y en la casa nunca hubo chance, pero mi esposa tiene auto y usted sabe, me siento mal de que me esté llevando a todo lado, creo que ya necesito hacer el práctico. Claro. Comprendo que es un caso particular. Por supuesto. Le doy chance de que pregunte. Claro. Más bien muchas gracias. Muy amable.”

(Un silencio incómodo se prolonga)

“Por supuesto. Vitalicio, me dice. Una vez aprobado, queda de por vida. Claro. Es una excelente noticia. Entendido. Sí. Ahora toca la vuelta del permiso provisional. Por supuesto. Claro. Jalarse una torta en carretera es todo un asunto. Sí, yo entiendo que la gente es bastante imprudente. Por supuesto. En el portal de citas del BCR. Así lo haré. Muchísimas gracias. Muy amable. Que tenga muy buena tarde usted también.”

Cinco meses de clases de manejo patrocinadas por la paciencia de mi esposa y mi padre empiezan a rendir frutos entre las lágrimas y berrinches de un idiota que ha descubierto que odia manejar en el reino de los carros. Mucho dramatismo, lo sé, pero la derrota no es una opción porque mi madre no crio a ningún desertor. Así que, después de dos renovaciones de permiso provisional, dos dictámenes médicos, dos estadías interminables en el sistema bancario y dos intentos de licencia fallidos patrocinados por empleados groseros del COSEVI que tienen un claro desprecio hacia la dignidad de la gente y la propia, he obtenido el mayor honor que cualquier mortal costarricense puede recibir: su licencia de manejo.

Cuando finalmente me dieron el bendito plástico, la emoción fue tanta que no me di cuenta de que la muchacha del BCR escribió 1992 en vez de 1991 en mi fecha de nacimiento. Me dije a mí mismo que no importaba, que el error me hacía ver más joven y guapo, pero lamentablemente el trastorno de ansiedad generalizado hizo lo suyo y me hizo imaginar cientos de escenarios en donde era detenido por algún retén fantasmal en donde un oficial de tránsito me daba un enorme regaño por ser un mal ciudadano que no mantiene su documentación precisa como la sacra ley manda. Una cita más o una menos a este punto ya no importaba. Tener una licencia perfecta y sin reducción de puntos por mal comportamiento, eso sí importaba. Claramente algún castigo divino tendría que afrontar, por eso salí peor en la segunda foto, pero con todos los datos tan bien posicionados que harían feliz hasta al más riguroso empleado del Registro Nacional.

Recuerdo que cuando le avisé a mis padres y demás familiares que oficialmente tenía la omnipotente B-1 en mis manos, sus vítores, gritos y aplausos les hicieron entrar en un estado de éxtasis que les permitió decirme algunos de los elogios más cálidos y emotivos que jamás me hayan dirigido. Esto me hizo preguntarme dónde estaba ese entusiasmo por el “éxito” cuando me gradué de mi maestría después de vivir dos años en el extranjero. Me queda total y absolutamente claro cuál había sido el logro más relevante para ellos. Por supuesto. En el país de los carros, dominar la carretera y las bestias cuadrúpedas lo es todo; el conocimiento adicional es un lindo accesorio.

Las felicitaciones y festejos se extendieron durante casi un mes. Dondequiera que llegara, los abrazos y las sonrisas de oreja a oreja llovían. Tenía un buen rato de no sentir un subidón de autoestima como el de ese hermoso mes de junio. Me encantaba escuchar el “¡A verla! ¡A verla!”. Preparaba mi sonrisa más fanfarrona y, como quien no teme alardear de sus bendiciones, sacaba mi billetera con un movimiento contundente y elegante, extraía la licencia y la atrapaba entre mis dedos como quien está a punto de exhibir una carta de Pokémon valorada en miles de dólares, para finalmente sostenerla de la parte inferior con mi pulgar y la parte superior con el dedo corazón. Este acto usualmente iba seguido por un hermoso “¡Ayyyyyyyyyyyyy!” y una mirada de completa aprobación.

Pero esa admiración se desvanece. Es un mero ritual de iniciación para mantener el ánimo de quien está a punto de descubrir el complejo universo de los carros: marchamo, DEKRA, seguros del INS, talleres mecánicos, jabón para el parabrisas, choques, cuotas de parqueo, llantas ponchadas, focos que se queman, precios de la gasolina, alfombras estorbosas, desodorantes, llanteras, autolavados, kits de emergencia, alarmas, intentos de robo, pitos, peajes, Waze, presas (muchas, muchas, muchas, muchas presas), semáforos, cedas, altos, cruces de ferrocarril, gente que saca pistolas y palos cuando se enoja, huecos, puentes al borde del colapso, demarcación inexistente, señales destruidas, rotondas, güachis , oficiales de tránsito, retenes policiales, pintura reflectiva, caminos de lastre, autopistas, carriles cerrados, rutas alternas, parquímetros digitales, reversa, cocheras, parqueo en paralelo, luces de emergencia, bolsitas para la basura, puntos ciegos, frenado en seco, derrapes, luces intermitentes, compresión, límites de velocidad y muchísimos otros elementos más que conforman el modus vivendi de quien conduce.

“No debo desanimarme, debo aprender a disfrutar esto”, me repito mientras duro dos horas de Heredia a San José en diciembre. “Hay que pagar el seguro del carro”, me repito mientras avanzo a 10 km/h una tarde cualquiera en una fila interminable. “El carro no está a mi nombre, pero lo amo como si fuera mío”, me repito al temer por mi vida en Circunvalación. “Los cementerios de carros también son hermosos, solo hace falta otro carril, solo hace falta un arreglo más en la carretera, un túnel más, un puente a desnivel más, una carretera más, una licitación más, un peaje menos”, digo desvariando. “Tenés que girar a la derecha en rojo, por eso se hace tanta presa”, me dice el MOPT en Facebook. “Las luces de emergencia no se usan así”, me regaña el MOPT en Instagram. “Nuestro sistema vial está colapsado, la gente está perdiendo la vida y la cordura en las presas”, gritan los medios de comunicación. “¡Propagandistas! ¡Anticarristas!”, les grito mientras me persigno en nombre de la Expomóvil y los excelentes financiamientos bancarios. ¿Cómo es que esta gente no puede entenderlo? Finalmente soy un hombre hecho y derecho. Finalmente soy un ciudadano. Finalmente soy feliz.

¡Tooooooot Tooooot! Chucuchucuchuchu ¡Tooooooot Tooooot!

El sórdido pitazo del tren me saca del delirio vehicular y me hace darme cuenta de que estoy cerca del cruce del ferrocarril. “¡Es que el tren se me metió!”, dicen algunos mentirosos. Falta grave. La radio se vuelve cómplice del destino. “La Presidenta de la República, Laura Fernández, firmó la Ley para el financiamiento por $800 millones para el Tren Rápido de Pasajeros. Como saben, esta ley fue aprobada por unanimidad en el Congreso y representa un cambio enorme para el transporte urbano del país. Como recordarán, desde hace varios años atrás se ha intentado sacar adelante un proyecto que moder…”. La voz de la radio se desvanece abruptamente entre los ruidos del tren.

Mi mirada se pierde siguiendo los vagones del ferrocarril y lo veo seguir su paso. Lo admiro y lo envidio. Y mientras su rastro se pierde, encuentro una epifanía. Apago el carro y tiro el asiento para atrás hasta recostarme. Los carros de atrás empiezan a pitarme enloquecidos. No me importa, bloqueo las puertas. Miro el tapizado del techo como quien ve un hermoso cielo estrellado. Fantaseo con un tren, con un metro, con una ciclovía, con un Metrobús, con una interlínea funcional, con un teleférico. Escucho a la gente golpear mi puerta y gritar, pero le subo a la radio. ¿Será que aún se puede soñar en el país de los carros? ¿Cómo se hace para no vivir en la desesperanza en el mundo de los autos? Veo luces rojas y azules acercándose. Es una patrulla del tránsito. Enciendo el aire acondicionado. Sonrío. Una brisa fresca construye mi paraíso temporal. Le subo a la radio aún más. Las deidades me vuelven a premiar. Suena Trinidad de Geese en 104.7 Radio Hit; Cameron Winter grita como desquiciado: “There’s a bomb in my car”.

When that light turns red
I’m driving away
There’s a bomb in my car

Geese – Trinidad (Álbum: Getting Killed; 2025)

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