
Por: Maikol Picado Cortes
A poco más de dos meses para las elecciones presidenciales en nuestro país, miro cada vez con más desilusión en lo que se ha convertido nuestra política y el daño que esto ha causado a la democracia.
Proliferan los discursos de odio: unas personas contra otras, porque si la que está al lado no me gusta o piensa diferente, es mi enemiga. En la Costa Rica en la que crecí, pensar diferente era positivo; generaba debate y nos hacía diversos, interesantes, amistosos, tolerantes. Sin embargo, en los últimos 20 años, esto ha cambiado aceleradamente.
“Somos más los buenos”, dicen publicaciones en diferentes redes, como si el costarricense que está en la acera de enfrente y piensa distinto fuese, por ley, malo. Olvidamos pensar que es una persona más, que sale a trabajar, madre o padre, hermana o hermano, que comparte las cosas maravillosas que tiene este país, así como las cosas no tan buenas, por ejemplo, perder horas en el tráfico.
Hay personas en la política que solo buscan dividir para sacar provecho, para sus intereses y los de pequeños grupos privilegiados. Es una realidad lo que menciono anteriormente, pero esta vez no quisiera poner únicamente la responsabilidad en este tipo de personas o en los poderes de la república o los partidos políticos; es más una reflexión sobre nuestro quehacer en la política nacional, como individuos o grupos que conformamos esta sociedad.
Desde mi punto de vista, todas las personas de este país somos política y formarnos parte de nuestra política. Claro está que el poder para ejercerla se diferencia dependiendo del espacio en que nos toque vivir o en el que la vida nos coloque. A partir de lo anterior, me cuestiono cuál es mi papel en la debacle que menciono al inicio de esta opinión y creo que la respuesta tampoco es tan clara. Sin embargo, sí hay preguntas bastante elocuentes que podrían acercarnos a encontrar respuestas.
¿Cómo nos tratamos a nosotros mismos? Esta pregunta tiene que ver directamente con nuestra salud mental y física. ¿Qué tanto nos cuidamos? ¿Cuánto afecto nos brindamos? ¿Cómo es nuestra autocrítica? ¿De qué forma dejamos que las demás personas nos traten, se nos acerquen y hagan vida con nosotros? Las estadísticas en salud, por lo general, arrojan números que año con año muestran padecimientos físicos y mentales en aumento. No pinta un panorama positivo en este aspecto.
¿Cuánto tiempo nos dedicamos? ¿Cuánto le dedicamos a nuestros seres queridos o nuestra familia (en el sentido más amplio de la palabra)? ¿Cómo miramos al vecino? ¿Cómo miramos al extraño que nos topamos en el mercado o en las aceras de cada comunidad de este país? ¿Hasta dónde creo que llega mi responsabilidad en los acontecimientos que se miran a diario en los noticieros (positivos y negativos)?
¿Cuál es mi relación con la naturaleza? ¿Con los animales y las plantas, con el río contaminado que pasa por mi comunidad o con los que abundan en cada provincia? Y muchas otras preguntas que podemos hacernos individualmente.
Sobre ganar y perder: a mi hijo de 3 años le encanta ganar, no así perder; eso lo frustra y lo entristece. Creo que, de cierto modo, los seres humanos somos así: nos gusta ganar y no nos gusta perder. Voy con ejemplos simples: ganar en el gran banco, en las damas chinas, en las cartas o en el fútbol. Eso nos hace felices, aunque sea momentáneo y pasajero. Perder nos trae un sinnúmero de sensaciones y emociones antónimas a lo que nos causa ganar y, como mencioné, es de la naturaleza humana. Pero también creo que es muy humano sentirse bien por el otro, por el que está enfrente, por sus triunfos y sus logros. Y si no alcanzamos a sentirnos bien, por lo menos reflexionar sobre el derecho del disfrute del otro y como en ocasiones nos ha tocado a nosotros disfrutar. Lo anterior para poner sobre la mesa lo que podemos sentir cuando alguien opina diferente o no está de acuerdo con nuestra posición (haciendo la salvedad de que no se trata de cuando se hace mal a un tercero). Creo que, en esas ocasiones, que son muchas y constantes en la vida, también cabe el derecho del otro a opinar, el mismo derecho que me arrogo yo con mis opiniones, y por eso aquella frase que en algún momento hemos hecho nuestra sobre la “libertad de expresión”.
La empatía con la persona que está enfrente es a lo que me gustaría llegar. Hago valer mis derechos en tanto reconozco los derechos de las demás personas y vuelvo a una de las preguntas iniciales: ¿cómo nos gusta que nos traten? Quizás esto tenga que ver con cómo nos tratamos a nosotros mismos, cuánto cuidado y amor nos brindamos, quizá esté relacionado con cuánto amor y cuidado podemos brindar a otros seres humanos y a la naturaleza.
Estoy convencido —y eso para nada quiere decir que lleve la razón— de que uno de los principales objetivos de la política es la convivencia: convivencia de grupos que pueden ser muy heterogéneos, grupos que pueden a veces ponerse de acuerdo y otras veces no. Cabe volver a las preguntas y reflexionar: ¿cuánto de lo que exijo o de lo que me gustaría que las otras personas hagan o den por mí estoy dispuesto a hacer o a dar? Esta pregunta cabe en tanto a la escucha: ¿Cómo me gusta que me escuchen? ¿Puedo escuchar de la misma forma? ¿Qué pido para mí? ¿Cuánto estoy dispuesto a dar para el otro? No se trata de dar y recibir en una proporción exacta de 50–50, sino de mantener un equilibrio en el que el otro quepa tanto como yo: a veces más, a veces menos. Lo importante es que no se convierta en una constante donde quienes reciben menos siempre estén en desventaja.
Las humanidades y, por ende, la política son también bondad, respeto, empatía, carisma, desacuerdos, malentendidos, bienestar común e individual. En definitiva, la política no es un ente ajeno a nuestra vida cotidiana, sino el reflejo de nuestras acciones, valores y formas de convivir. Si aspiramos a una sociedad más justa y democrática, debemos comenzar por cultivar la empatía, el respeto y la responsabilidad individual. La transformación no depende únicamente de los partidos o de los poderes del Estado, sino de cada persona que, con pequeños gestos, puede contribuir a reconstruir el tejido social. Solo así podremos devolverle luz y rumbo a nuestra política.