La abuelita Zenaida y el retorno a la «normalidad» – Centro Agenda Joven en Derechos y Ciudadanía

Por: Anthony García-Marín

En el año de 1987 el cantautor argentino Leonardo Favio lanza un Long Play (LP) llamado «Vida pasión de la vieja Zenaida», el lado A del LP contenía una sola canción titulada: «Vida, pasión y vuelo». Dicha canción es una adaptación musical de un poema compuesto por el mismo autor, basado en la cumbia colombiana titulada «La Zenaida» de Rosendo Romero. En este poema, el cantautor relata la vida y pasión de Zenaida, en una etapa posterior de su vida siendo una adulta mayor, siendo «La abuelita Zenaida».

A parte de la exquisita composición y arreglo musical de este poema, hecho cumbia -formato musical que cuenta con una gran apropiación en los diferentes paises latinoamericanos-, Leonardo Favio logra retratar de forma magistral una América Latina que ya había iniciado un proceso profundo de trasformación social en algunos países de la región al  impulsar reformas económicas significativas a principios y mediados de los años ochenta, la cual se podría entender como una expresión particular del capitalismo, denominado comúnmente como neoliberalismo.

La canción retrata, a partir de la vida y pasión de La abuelita Zenaida, las vicisitudes de un sector de la población excluida. La descripción de su trayectoria de vida da cuenta de ello, Zenaida es la jefa de familia en un hogar monoparental, ya que enviudó muy joven cuando su esposo fue asesinado en un conflicto en el barrio. Es la madre de 10 hijos/as, de los cuales uno murió y dos han sido privados de libertad, vive en un tugurio -ranchitos, favela, villas miseria- en Bogotá, es vendedora ambulante de frutas a una edad avanzada. Uno de sus nietos vive con ella, el cual posteriormente migra hacia los Estados Unidos, y luego, es asesinado por la policía Antinarcóticos de este país.

Como se puede observar -o mejor escuchar- la vida de La abuelita Zenaida no es solo la historia de la familia Peralta, retrata a una región signada de desigualdades sociales: el cuido a cargo de las mujeres, la precariedad laboral e informalidad, la privación de libertad como respuesta social al delito, el asentamiento precario, la figura de abuela como eje central de la red de cuido de las familias, la migración y el delito como posibles salidas ante la exclusión social -estrategias familiares fuera del marco jurídico legal- y la muerte de hombres jóvenes debido al narcomenudeo. Si bien la canción data de mediados de los ochenta, la característica más sobresaliente de la región es la persistencia de las desigualdades sociales, y esta narración nos muestra como era América Latina antes de la crisis sanitaria por el COVID-19.

En la actualidad, se puede rastrear un discurso de un sector de la población que reclama la vuelta a la «normalidad», debido principalmente a las restricciones sanitarias impuestas por los entes rectores de salud -en nuestro país el Ministerio de Salud- que han limitado el esparcimiento para evitar un aumento desmedido en los contagios. Se solicita por un lado levantar todas las restricciones impuestas y por el otro un anhelo que la pandemia desaparezca. Ese llamado a la «normalidad» invisibiliza las situaciones antes descritas, el procesamiento social de las desigualdades ha sido reducido a una normalidad, es decir, como sociedad hemos normalizado la desigualdad social.

Para el caso de Costa Rica podemos analizar algunos datos al respecto, referidos a la precariedad de la población joven en términos laborales -gráfico de la izquierda- y de la precariedad en los hogares de esta población que remiten a dimensiones sobre educación, salud y vivienda -gráfico de la derecha- antes del COVID-19.

Como se podrá observar, aproximadamente uno de cada tres personas jóvenes asalariadas, durante el primer cuatrimestre del 2020, se le incumplía un estatuto o garantía laboral garantizado en la normativa nacional e internacional -Código de Trabajo y normativa del Organismo Internacional del Trabajo-, seis de cada diez no se les pagó por las horas extra que labora, una tercera parte no cuenta con seguro social y aproximadamente un 20% le pagan menos de un salario mínimo.  La situación empeora si fijamos nuestra mirada en la población joven migrante nicaragüense que se encuentra ocupada en la Región Huetar Norte del país -huelga agregar el especial énfasis que se hace a esta población, debido a las más recientes expresiones de odio y desprecio contra estos jóvenes trabajadores y trabajadoras, principalmente en el sector primario de monocultivo a raíz de casos de infección por COVID-19 en sus lugares de trabajo- donde una de cada dos personas se les incumple sus garantías laborales.

Otros datos que muestran la precariedad en la ciudadanía social, en los hogares donde residen personas jóvenes en el país son: el 15,06% experimenta hacinamiento, del 40% de ellos algún mimbro del hogar no cuenta con seguro social, aproximadamente el 6% poseen un servicio de agua precario -no tienen tubería o si la tienen es de un pozo o río-, el 15% de los miembros del hogar tiene autoempleo informal.

La anterior información denota el día a día de muchos jóvenes y sus hogares, esa sería la condición a la que se retornaría, sin tener en cuenta que la crisis sanitaria provocará una recesión económica al detenerse de forma momentánea el consumo de bienes y servicios en los diferentes sectores de la economía. La tasa de desempleo abierta será el primer indicador de está recisión, lo que implicaría de forma paralela una baja en la capacidad de consumo de los hogares que dependen de un salario, los cuales han venido consumiendo a través del crédito y la cual ha llegado a un tope, imposibilitando el consumo ralentizando la expansión económica y la generación de empleo.

Solicitar un retorno a la «normalidad» es obviar las desigualdades sociales que nos caracterizan como región, no podemos asumir que la precariedad, la exclusión social y el aumento en los delitos -contra el patrimonio, la vida, psicotrópicos, violencia contra las mujeres- son parte de una normalidad. Estamos a tiempo de repensarnos y que discutamos como sociedad con los diferentes actores y actrices ¿Qué sociedad queremos, qué sociedad requerimos?, no debemos volver a la sociedad que vio crecer y forjó a La abuelita Zenaida, estamos a tiempo para bailar y disfrutar una gran cumbia.