Por Mario Araya
¿Es la cárcel una escuela del crimen?
Esta suele ser una pregunta recurrente al momento de tratar aspectos relacionados al encarcelamiento de personas en nuestros sistemas penales. Sobre todo cuando estos se encuentran en condiciones tan desfavorables para el desarrollo de una vida digna, debido a las condiciones no solo de hacinamiento sino también de inadecuación de las condiciones infraestructurales para el tipo de dinámicas que se pretenden desarrollar a lo interno de estas. Eso sí, dependiendo de que visión respecto a la labor que debe cumplir un centro penal tenemos cada uno de nosotros.
Hay dos visiones predominantes que uno puede considerar, al menos de las opiniones que circulan socialmente en la vida cotidiana de las personas en nuestro país; la primera, políticamente correcta y común en la mayoría de declaraciones de funcionarios relacionados a la administración de la justicia, que los centros penales buscan la rehabilitación y reinserción social de las personas privadas de libertad a la sociedad mediante la atención brindada en este tipo de centros; la segunda, que los centros penales están destinados a hacer pagar mediante el sometimiento a condiciones de vida deplorables a ciertos sectores de la población que disfrutan o son proclives la comisión de actos ilícitos. Es decir, las personas reciben un castigo merecido por el daño que han ejercido a la sociedad. Si nos atuviéramos a la segunda, lo centros penales actuales estarían perfectamente adecuados al objetivo que se busca conseguir: el castigo.
Según la experiencia de investigación que hemos desarrollados desde el Programa Agenda Joven, en el particular centro penal de menores y adultos jóvenes del país en Santo Domingo de Heredia, podemos afirmar que esta idea de castigo, materializado en las condiciones de vida en las que se encuentra la población y de los regímenes que gobiernan la cotidianidad en este, pintan un panorama muy distinto al de una asistencia a formal a la profesionalización en el crimen. Por el contrario, asisten a una resocialización constante hacia la supervivencia. Curiosamente entre la población, a pesar de que se refiere en algunas ocasiones se refieren al centro como la universidad del crimen, pocas veces se refieren a la comisión de delitos como alternativa para la continuación de sus vidas o, inclusive, a la utilización de la violencia como estilo de vida deseado para el desarrollo de sus actividades diarias. Lo que prima, es la idea de que la manifestación de conductas agresivas, la portación de armas y otras conductas de riesgo son parte de la realidad de constante amenaza en la que se encuentran, y que los seguirá el resto de su vida; es una forma de adaptarse a su entorno y de superviviente.
Las relaciones para la población privada de libertad están signadas por la exclusión, la estigmatización, el peligro, la amenaza y la desconfianza. Cualquier intento de relacionarse con otra persona pasa por la valoración del riesgo que esto puede implicar para su supervivencia material y simbólica a lo interno del centro. Que es el entorno en el cual se desenvuelve. La mayor parte de las vinculaciones a las que asisten están delimitadas por la formalidad de los roles y espacios que les obligan a ocupar a cada una de las personas en el centro penal, con miras a su permanencia adecuada en el mismo. Lo cual generalmente implica, una reducción de la condición de persona a la rigidez de los límites del rol que debe ocupar- oficial, educador, profesional del área técnica, privado de libertad, etc.-, lo cual imposibilita el reconocimiento integral de la persona, así como de cada una de las pertenencias que conforman su identidad.
La cárcel no es una escuela del crimen. Es un espacio informal de formación de superviviente. Cada uno de los sujetos a su interior- privados o no de su libertad- deben agenciarse cada día su propia vida, asegurando comportar cada uno de los aspectos que le es propio de la posición que ocupa en el entorno, lo cual implica no solo acciones – sean estas socialmente aceptadas o no- sino que restringirse además el tipo de relaciones y con quien se pueden establecer. Al salir de su privación de libertad, la mayoría de estas personas, lo hacen de nuevo a un entorno en el que las relaciones están signadas por la exclusión, la estigmatización, el peligro, la amenaza y la desconfianza. Y lo hacen perfectamente bien adaptados.
“Tomada de http://www.jhafisquintero.com/works.html” Titulo: Prótesis.