Fotografía: Bryan Vargas

Por: Bryan Vargas Vargas

Hace unos días se viralizó en redes una joven que caminó sobre un vehículo estacionado en una acera en Heredia. Revisando una foto de hace algunos años, me encuentro con esta cerca del Paseo Colón (foto 1). Basta tirarse a la acera y caminar unos metros y nos vamos a topar con lo mismo.

Foto 1. Fotografía tomada por Bryan Vargas

Por otro lado, uno de estos días pasé por el Pequeño Mundo de Tibás (salida de Heredia – entrada a Tibás) y me dejó pensando lo mal que hacemos la ciudad para las personas (foto 2). Me atrevo a decir que no hacemos la ciudad para las personas.

Foto 2. Fotografía tomada por: José cordero. Obtenida del artículo de “La Nación”: Nuevo Pequeño Mundo en Tibás: vea cómo quedó y por dónde podrá ingresar.

Aunque no soy muy creyente de referencias como el urbanista Jan Gehl, lo mínimo que podemos hacer a estas alturas de la vida es pensar en la escala humana. Sin embargo, incluso esa tarea parece imposible cuando el sentido mismo de la sociedad va en otra dirección.

Ahora, “la sociedad de la post sociedad” fue un concepto de mis estudiantes de arquitectura ante una solicitud mía de que nombraran nuestro momento histórico, esto después de haber estudiado toda la teoría moderna. Me parece muy potente la conceptualización y les invité a seguir desarrollándola. Ellos y ellas se referían principalmente al individualismo extremo, la meritocracia y la imposibilidad de ver las necesidades del otro.

En esa lógica, puedo ver la sociedad de la post sociedad en esos ejemplos espaciales. Los vehículos atravesando la acera: “¡qué falta de educación!”, se puede decir (y puede ser);  pero es que no nos han enseñado a pensar en un proyecto común. Yo agregaría que es el más claro ejemplo de la exteriorización de mi interés individual, en uno de los más preciados bienes, y el resguardo de un bien por sobre incluso la vida y seguridad de otros.

¿Por qué pongo el vehículo en la acera? Lo obvio: ¡Para que no le pase nada! Que no dañen mi vehículo, que casi es una extensión de la personalidad. En esa lógica, no me importan niños y niñas que van a la escuela, personas con discapacidad que tienen que tirarse a la calle o el adulto mayor que sale a tomar el sol un rato en la mañana. No me importa nada, ni una emergencia que ocupe esa acera. No me interesa vivir en sociedad. El otro deja de existir como referencia.

El caso del Pequeño Mundo es solo un caso de las cosas que hacemos pésimo en la ciudad. Imagínense ustedes caminando por esa acera infinita, sin que sea muy tarde, 6 p. m. Si es que me atrevo a caminar por esa pesadilla urbana, imaginemos que se detiene una motocicleta y me quita el teléfono o me da un problema cardiaco; un caso peor, una mujer que es abusada por alguien en esa senda. Eso es solo un trillo entre una carretera de alta circulación y unas edificaciones omisas de la realidad.

¿Por qué edificaciones omisas de la realidad? Porque nadie allí, al interno de Pequeño Mundo, se enteró de lo que sucedía en la acera, nadie. Hay cientos de metros entre lo que sucede en la acera y los ojos de las personas que están en ese lugar. Lo que está más cercano a la acera es el enorme parqueo; esa es la relación de este comercio con la ciudad: ninguna. Usted vaya, haga lo suyo, y lo que pasa afuera ni lo veo, está muy lejos.

Esta es una decisión espacial y, desde mi punto de vista, también de relación de unos con otros. Aquí no estoy hablando de la forma arquitectónica; estoy hablando de que nuestra ciudad es la suma de retazos de funciones que no tienen ningún interés en construir algo colectivo, una ciudad social. Esta situación es un buen ejemplo de la sociedad de la post sociedad, donde me ocupo de mi realidad, y esta es la única. En ambos casos el resultado es el mismo: El otro deja de existir como referencia.