
Automóviles transitando por Buenos Aires, Argentina. Foto: Mario Quinteros. Tomada de El Clarin.com
Por: Mario Araya Pérez
Cuerpos Metálicos[1]
Cuerpos metálicos es una serie documental dirigida por Fernando Molnar y producida por Mayorga Films, cuyo contenido estuvo a cargo del antropólogo sociocultural Argentino Pablo Wright- me referiré a este como el “autor” para dar cuenta de la investigación que sustenta el contenido. Si bien la serie fue producida para el canal público estatal Encuentro, enfocado en contenidos educativos y culturales, la serie es parte del esfuerzo original de interés académico iniciado por Pablo y otros colegas del campo en 2007. El interés de investigación como antropólogo lo llevó posteriormente a sugerir un campo particular de indagación que denominó como “antropología vial”, desarrollado desde los posibles aportes de un abordaje etnográfico sobre la temática.
La serie se estrenó en 2010 y tuve la oportunidad de consultarla en un canal de YouTube que publicó una edición de los ocho capítulos de la serie compilados en dos bloques, del capítulo uno al cinco (de unos 30 minutos de duración cada capítulo) y un segundo bloque del capítulo seis al ocho (de unos 25 minutos cada capítulo). Se enfoca en analizar el campo vial y las negociaciones de sus diversos agentes en este (El autor le denomina “Ley de la calle”). Utilizando tanto imágenes grabadas en las calles de ciudades argentinas – y algunas de la zona rural- así como pequeñas escenas dramatizadas para efectos de la producción visual de la serie, construye una argumentación que presenta los principales hallazgos y reflexiones del proceso de investigación. Se intercalan junto con la propia narración y explicaciones antropológicas de Pablo, extractos de entrevistas con profesionales de otras áreas de conocimiento humano – como la psicología, sociología, entre otras- y de funcionarios estatales en el área de vialidad en Argentina, así como extensas narraciones de parte de diversas personas que representan las perspectivas de quienes habitan el campo vial.
El foco está no solo en reflexionar sobre diversas conductas que se alejan de las normas oficiales escritas sobre vialidad, sino también entender desde el punto de vista de los diversos agentes que habitan y practican lo que el antropólogo llama “el juego de la calle” las razones por las que estas ejecutan formas particulares de desplazamiento y apropiación del espacio público.
En la introducción del primer capítulo (Rebeldes viales) se exponen los intereses investigativos y de provisionalidad del autor, cuyo interés emerge de la sorpresa de contrastar su experiencia en las lógicas que operan la manera de manejar en Argentina en contraste con lo observado en otros países. Desde el minuto uno queda claro hacia donde quiere orientar su reflexión cuando señala que
“Si analizamos cómo nos comportamos en el espacio público, cómo funcionamos como peatones, como conductores y como choferes de transporte, aparece un reflejo bastante preciso de cómo funcionamos como sociedad. Este trabajo de investigación nos permite generar hipótesis sobre el sentido que tienen estas prácticas viales como hechos sociales e históricos”.
Las reflexiones y conceptualizaciones emergentes son narradas por el propio autor, que presenta su tesis de manera gradual y recurrente en cada uno de los capítulos de la serie. Más allá de lo inmediato de las conductas, de las cuales da multiplicidad de ejemplos para sustentar las argumentaciones, muestra que el no acatamiento de las normas tiene un origen histórico y socialmente localizado que refleja la relación de los ciudadanos con el Estado y la manera en que este se ha configurado. Es decir, no es una cuestión arbitraria sino una valoración que hacen las personas respecto del valor del cumplimiento o no de estas normas en relación con sus necesidades y prioridades diarias según la posición que ocupan en el campo vial.
La serie utiliza una observación practica que se repite al inicio de cada uno de los capítulos de la serie para posicionar la noción central “cuerpos metálicos” (unidad maquina persona) para entender desde que lugar se enfoca la comprensión del campo vial y el espacio público en la investigación:
“Pasamos gran parte de nuestra vida desplazándonos para ir a trabajar, estudiar o pasear. En esos desplazamientos empezamos a automatizar nuestras conductas y pasa algo curioso: usamos los vehículos, los cuerpos metálicos, como si fueran una extensión de nuestro cuerpo. «Mi auto soy yo», lo cual genera una metáfora un poco loca: si le haces algo a mi auto, me lo haces a mí. Como peatones, para competir con los autos y ganar el derecho de paso, usamos nuestros cuerpos como si fueran indestructibles”.
Esta idea de la indestructibilidad alimenta conceptualmente la preocupación social del autor respecto de lo que el incumplimiento de las normas escritas de viabilidad genera, los accidentes y las muertes en el espacio público.
Cada uno de los capítulos muestra la complejidad en la configuración de los cuerpos metálicos, en tanto una suerte de compenetración o simbiosis entre los cuerpos orgánicos de los operadores y los vehículos que conducen, así como la relación de estos cuerpos metálicos con otros cuerpos en el espacio público. Recurrentemente se mencionan como elementos configuradores del espacio vial no solo las normas, sino las leyes de la física (en sentido abstracto) que rigen y restringe las interacciones posibles en el mundo físico, pero también la idea de energía en tanto que el acatamiento o no de las normas requiere de inversiones diferenciadas de esta para solventar las situaciones normales de interacción que se presenta en el espacio (conflictos).
Las observaciones y análisis sobre los agentes comienzan por un capítulo (cap. 2) dedicado al análisis de los peatones. El principal sujeto en el campo vial y el único que en apariencia no tiene una regulación ni aprendizaje formal lo suficientemente claro para la ocupación de este espacio. Sin embargo, se señala que es el único que no puede ser responsable fuera del ámbito civil por aspectos de siniestralidad (accidente). Como peatones, señala el autor, aprendemos básicamente por la imitación y observación de otras personas en la vida cotidiana. No es para nada una tarea fácil, implica muchos riesgos y operaciones sensoriales el habitar desde esta perspectiva. El autor habla de coreografías que combinan ritmos, distancias con otras personas, y sobre todo, pocos gestos de solidaridad que dan cuenta de lo que somos como personas y ciudadanos, reflejo de las conductas en otros espacios sociales. En una lógica de costo y beneficio, nos movemos en tanto peatones a partir de una improvisación aprendida.
El capítulo siguiente analiza el transporte público (Cap. 3. Bondis y taxis) puntualizando la incompatibilidad de la normativa vial (que busca la prevención de accidentes, una movilidad regulada y ordenada) con los requerimientos laborales de quienes operan vehículos de gran tamaño (buses), en la labor de “recolección” de pasajeros, en horarios sumamente restrictivos en espacios públicos caóticos y comprometidos infraestructuralmente. Este capítulo refleja la tensión de un trabajador, sometido a las presiones laborales, al estrés de la carretera y que se enfrenta a las necesidades particulares de los usuarios (quienes tienen sus propias necesidades y urgencias). Luego, analiza la situación de los Taxis considerados particularmente como “cazadores” de clientes, quienes deben moverse de manera ágil y oportunista entre los resquicios de los movimientos de los demás cuerpos metálicos en la posibilidad del cumplimientos de sus tareas, situación que les lleva al desarrollo de mecanismos de comunicación particulares fuera de los normado, pero sobre todo a situaciones conflictivas debido a la ininteligibilidad entre las diversas “especies” (referencia las distinciones entre operarios de otros vehículos) que habitan el mismo entorno.
El episodio cuatro (Cap. 4. Motos y Bicis) analiza la particularidad de las motos y las bicicletas, que da cuenta principalmente de la versatilidad y formas particulares de movimiento de estos vehículos. Puntualiza sobre las sensaciones que les transmite a los operadores de estos y de como les hace sentir alejados de las regulaciones normativas de vialidad. Quizá es de los capítulos donde queda más claro la resistencia al cumplimiento de las normas por un sentimiento de imposición estatal, sobre todo respeto al uso de dispositivos de seguridad pasiva como el casco, el cual se valora solo en función de la posibilidad de aplicación de sanciones y no tanto de lo que aporta en términos de cuidado personal (pese a la desventaja y el peligro que enfrentan respecto a otros cuerpos metálicos en el campo vial).
Respecto de los ciclistas es de los únicos de los cuales se habla de una rebeldía justificada en relación con la ausencia no solo de campañas o elementos puntuales orientados a concientizar sobre las regulaciones de movilidad sino también respecto de la ausencia de infraestructura que les acoja en el espacio público.
Seguidamente, el capítulo cinco (Cap.5. Particulares) está enfocado en el análisis de los cuerpos metálicos particulares, aquellas personas que utilizan sus vehículos para diversas tareas de moverse de un punto a otro, para ir al trabajo, para salir con sus familias, para ligar, etc. Se reflexiona respecto a como los conductores en este rol transfieren sus identidades personales y sociales al auto y a su manera de conducir, vuelcan sobre este artefacto aspectos que dan cuenta de la forma en que tejen sus relaciones atravesadas por cuestiones de clase social, género, etc. Una suerte de extensión no solo de la condición de persona sino también de la conducta en el ámbito doméstico o privado. Esto vuelve al auto en un objeto polisémico cargado de simbolismos que comunican aspectos de la sociedad en las negociaciones que se resuelven cotidianamente en el campo vial; estatus, éxito, eficacia. Da cuenta de lógicas de competitividad y de violencia. Quizá lo primordial de resaltar es sin duda la idea respecto a cómo los “particulares” configuran una sensación de espacios privados insertos en espacios públicos, y no la idea de una colectividad de un espacio compartido.
A continuación, el capítulo seis (cap.6 Largas distancias) está dedicado a analizar el tema de la conducción en largas distancias y el lugar de los cuerpos metálicos de alto volumen que suelen hacer transporte de cargas pesadas o de gran cantidad de personas y que van a zonas distantes dentro del país. Se enfatiza los elementos económicos que juegan un rol relevante en las “maniobras” que realizan los operadores de los vehículos no como una ocurrencia o mera individualidad. También la manera en que se configura el cuerpo metálico en la relación constante de aquellos que transporta, ya sea mediando en las relaciones humanas y los conflictos que emergen en estos, o bien las tareas adicionales fuera de la conducción con que deben cumplir y como esto afecta la conducta en el espacio vial. Se complementa, analizando la alta complejidad y profesionalidad que se requieren en estos espacios al ser de alta demanda física y mucha velocidad, aspectos en los que interfieran usuarios menos asiduos del entorno de autopista, para quienes este espacio es más bien una suerte de anti-rutina fuera de los centros viales (ciudades).
El episodio siete (cap. 7. Ley y Orden) se reflexiona sobre el lugar de la ciudadanía y el (in)cumplimiento de las normativas de tránsito como generador de conflicto vial, accidentes y muertes. Se hace énfasis en la necesidad de reconocimiento de los cuerpos legales que nos habilitan como ciudadanos, tanto en cuestiones de derechos como en cumplimiento de deberes. El autor señala la obligación tanto de cumplir como de socializar a otros en cuanto al cumplimiento de las regulaciones viales y la conducta en los espacios públicos. El Estado una vez más aparece como un elemento central en estas habilitaciones y regulaciones. Para el caso argentino el autor señala un deslinde entre esta diada derechos- deberes en relación con la pertenecía a una colectividad, que se atribuye a una historicidad particular relacionada a las dictaduras militares, la crisis de los 80´s, la inflación económica, entre otros aspectos que dan la idea de una ausencia de un Estado como un elemento protector. Esto genera además una reticencia ciudadana al control y verificación ejercidos por cuerpos de seguridad en el espacio público y los elementos que los anuncia (i.e. sirenas). A pesar de esto, en lo estatal se termina reconociendo la necesidad de un compromiso como personas con el fin de lograr una salida viable a la resistencia a las regulaciones.
Finalmente, la última sección del audiovisual (cap.8. Aprendizaje) inicia con una recapitulación histórica del ingreso de los vehículos automotores al campo vial. La gradualidad no solo de como se fueron apropiando del espacio sino de las condiciones de seguridad que presentaban. A esto se aparejó los aprendizajes y las modificaciones en las conductas de las personas en este campo, así como la aparición de diversas regulaciones para solventar los conflictos que generaban. Sobre todo, en lo relacionado a la velocidad, como aspecto no solo del desplazamiento de los vehículos, sino en la concepción misma de la idea de tiempo. Lo bueno es rápido, dice el autor. Pero además tiene implicaciones en la mayoría de las conductas inadecuadas o el incumplimiento de las regulaciones. El saber vial se dice que es un proceso de aprendizaje continuo a lo largo de la vida, por un lado, se puede aprender los normativo, pero por otro esta lo práctico de las calles.
[1] Canal Encuentro. (2010). Cuerpos metálicos [Serie documental]. Argentina: Canal Encuentro/Magoya Films.