
Libro: Modelos educativos en la historia de América Latina.
Autores: Gregorio Weinberg (con presentaciones de Nicolás Arata, Inés Dussel y Pablo Pineau)
Año original de publicación: 1984. (Reeditada en 2020)
Publicado por: CLACSO y UNIPE (Editorial Universitaria)
Reseñado por: María Eugenia Bujanda
Palabras claves: historia de la educación, América Latina, modelos educativos, modelos de desarrollo, derecho a la educación.
Citación del libro: Weinberg, G. (2020). Modelos educativos en la historia de América Latina. CLACSO; UNIPE: Editorial Universitaria.
Buscando aprender sobre las propuestas y las experiencias educativas de nuestra región a lo largo de la historia, descubrí el libro Modelos educativos en la historia de América Latina, de Gregorio Weinberg. Se trata de una obra originalmente publicada en 1984 y reeditada en 2020, acompañada por cuatro presentaciones a cargo de Adrián Cannellotto, Karina Batthyány, Nicolás Arata, Inés Dussel y Pablo Pineau, especialistas latinoamericanos en la historia de la educación. Los artículos introductorios de estas personas constituyen un importante valor agregado, puesto que permiten apreciar el impacto y el mérito singular del libro de Weinberg, así como las múltiples dimensiones de su trayectoria personal: destacado intelectual argentino de enfoque humanista; editor comprometido con la recuperación de obras y producciones de personas autoras latinoamericanas; y reconocido docente e investigador universitario, especializado en historia de las ideas, historia cultural e historia de la educación en América Latina.
Según expresó en una entrevista que le hicieron años después de la publicación del libro, su objetivo no fue construir una historia detallada de la educación latinoamericana, sino tratar de aproximar una visión de conjunto del fenómeno educativo en el continente. Consideró que en aquel momento no existían los insumos necesarios para elaborar una historia de la educación en América Latina al carecer todavía de aportes completos en materia de historia de la educación en distintos países de la región, así como sobre algunas de sus dimensiones específicas como los movimientos estudiantiles y sindicales, la arquitectura escolar, entre otros. Su intención fue que el libro sirviera como “un puntapié para estimular futuros estudios” (p. 40), como señala Inés Dussel en su presentación. Sin embargo, no ha habido ninguna obra posterior que se haya propuesto una meta similar lo cual la convierte en una referencia única en la historiografía de la educación.
Según Pablo Pineau, el libro además representa un “parteaguas en el campo académico de la historia de la educación latinoamericana” (p. 62), al romper con la tendencia predominante hasta entonces de textos centrados en describir de manera elogiosa los aportes de grandes figuras reconocidas y sucesos relacionados los procesos de escolarización impulsados por los estados nacionales, entendiéndolos como “parte del proyecto civilizador” y subordinándolos a la historia política institucional.
Weinberg adopta un enfoque distinto. Parte del análisis de las relaciones —o su ausencia— entre los modelos (reales o aspiracionales) de sociedad presentes en cada momento histórico y las formas de enseñanza asociadas a ellos, incluyendo sus contradicciones y lo que él denomina “asincronías” o “desfases” entre distintos planos: el plano de las ideas, el de la legislación y el de la realidad educativa. Así, nos ofrece un análisis crítico de los modelos educativos como construcciones culturales y expresiones de proyectos de sociedad, en los que se revela la compleja interacción entre educación, política, poder y cultura.
La categoría central en su análisis es “modelo educativo” y ha tenido un gran eco en la literatura posterior. Para Weinberg los modelos educativos no son etapas de un proceso evolutivo, sino tradiciones pedagógicas que expresan “tendencias, corrientes y fuerzas históricas (…) experiencias históricas complejas” (Arata, p. 22), a menudo no consensuales por ser fruto de las ideologías e intereses de las minorías en el poder, por tanto, no democráticos ni ampliamente extendidos o aceptados. Para él, identificar y analizar los modelos vigentes en cada momento es importante porque ayudan a comprender los procesos históricos educativos. Son los modelos los que otorgan sentido a las ideas, políticas y realizaciones que surgen en cada momento, sin que esto signifique que haya correspondencia mecánica entre modelo y prácticas reales.
Los modelos identificados por Weinberg son el indígena, el colonial, el ilustrado, el liberal y el positivista. Inés Dussel explica que detuvo el análisis en las primeras décadas del siglo XX por considerar que a partir de ese momento predominan las experiencias aisladas dentro de cada país y se carece por tanto de la coherencia necesaria para un análisis transnacional. En el caso latinoamericano, se puede afirmar con Weinberg que los modelos educativos han estado profundamente marcados por la herida colonial, las tensiones entre tradición y modernidad, y las disputas por el sentido de lo nacional.
Es importante observar que la periodización que propone Weinberg no responde a la temporalidad occidental. El libro desarrolla una propia de la historia de la educación en América Latina, y da cuenta de la diversidad de experiencias que caracterizan el sentido del tiempo de distintos colectivos habitando un mismo momento histórico. Un aporte especialmente relevante que lo vuelve a diferenciar de la historiografía anterior, es la incorporación de la educación indígena, con lo cual, en palabras de Pineau, “movió el grado cero de la historia de la educación latinoamericana” (p. 62).
Antes de describir brevemente la estructura del libro y su contenido, me gustaría retomar un último elemento que ayuda a entender la obra. Se trata de su inscripción en el marco del proyecto Desarrollo y Educación en América Latina y el Caribe promovido por la UNESCO, la CEPAL y el PNUD, una iniciativa que reunió a más de cuarenta autores y autoras para estudiar diversos tópicos sobre la educación en la región desde un enfoque desarrollista. Como parte de este grupo, Weinberg exploró las relaciones entre educación y desarrollo, tratando de dar cuenta de su complejidad: es decir, considerando a la educación no como variable completamente independiente de los factores económicos, sociales, políticos, demográficos, culturales; pero tampoco como variable exclusivamente dependiente. Este enfoque le permitió analizar las políticas educativas considerando su interacción una diversidad de factores políticos, culturales, económicos, reconociendo al mismo el carácter específico y particular de lo educativo.
De hecho, las claves interpretativas que aplica Weinberg a su texto derivan de la concepción de modelos de desarrollo construida en el marco del mencionado proyecto, como sistemas de dominación y de estructura de poder que reflejan las luchas entre distintos grupos sociales, con sus contradicciones y asincronías… “Por eso en cada caso será necesario plantearse, entre otros problemas, como lo hace Graciarena, el del poder (quién tiene el poder y cómo lo usa?), y el de la generación del cambio o el desarrollo (qué o quiénes promueven el cambio y con qué objetivos?); y, por otro lado, precisar también quienes son los protagonistas del proceso (“los agentes del desarrollo”)” (Weinberg, p. 80).
Volviendo a la estructura del libro, tras las presentaciones de Cannellotto, Batthyány, Arata, Dussel y Pineau, este se organiza en capítulos que abordan los distintos modelos referidos. La mayoría de ellos comienza presentando la situación regional, para luego desarrollar casos nacionales variados.
El primer capítulo analiza tres ejemplos representativos de los modelos educativos indígenas, que reflejan la diversidad y complejidad que estos tenían antes de ser violentamente desarticulados por la invasión europea: los tupí-guaraní, con un modelo educativo basado en la transmisión oral, el ejemplo y el aprendizaje práctico; los aztecas, con un sistema institucionalizado que integraba conocimientos avanzados y una educación ligada al poder militar y religioso; y los incas, cuya educación estaba altamente estratificada, regida por un Estado centralizado y colectivista, donde el trabajo era un valor esencial y el quechua se usaba como herramienta de integración imperial. Su relación con el modelo de desarrollo era directa: respondía a una economía agraria (incipiente o intensiva) y a una organización social orientada a la cohesión comunitaria y la reproducción cultural, donde la educación cumplía un papel esencial en la integración social y la legitimación del poder.
El segundo capítulo está dedicado al modelo colonial, donde la educación fue una herramienta de reproducción y legitimación del orden colonial, subordinada a los valores de las metrópolis, profundamente marcada por el racismo y el control político-religioso, y al servicio de una economía extractiva, dominada por relaciones de explotación como la encomienda o la mita. En el modelo hispánico, la educación formal fue elitista, centrada en la formación de criollos, mestizos acomodados y en la evangelización y aculturación de las poblaciones indígenas. Las universidades, copiadas del modelo salmantino escolástico, aristocrático y rígido, funcionaron como instrumentos de legitimación de las jerarquías coloniales. En el modelo lusitano, por su parte, la educación era aún más restringida y ornamental, en el contexto de una sociedad rural, esclavista y latifundista.
El modelo ilustrado en el contexto colonial latinoamericano se caracterizó por una apuesta modernizadora y la promoción de reformas orientadas hacia la secularización, la eficiencia administrativa, la diversificación productiva y la creación de una clase dirigente ilustrada. Su relación con el modelo de desarrollo se da en términos de impulso a una transformación paulatina del orden colonial, a través de la modernización del aparato estatal y la expansión de nuevas ideas económicas y culturales. La educación ilustrada se concibe como instrumento para formar ciudadanos útiles, aunque su alcance seguía siendo limitado a las elites urbanas.
El modelo educativo que Weinberg denomina como de la emancipación incorporó de forma explícita una dimensión política transformadora. Su rasgo central fue la promoción de una ciudadanía activa, a través de una educación basada en los principios de igualdad, libertad y justicia. Se impulsaron iniciativas para expandir la educación primaria, eliminar castigos físicos, incluir a mujeres e indígenas, y difundir el ideario patriótico por medios formales e informales como el catecismo cívico, el teatro y la prensa. Este modelo educativo se articuló con el proyecto de construcción de nuevas naciones, necesitadas de cohesión interna, identidad y legitimidad. Aunque con escasos recursos, la escuela se convirtió en una herramienta estratégica de movilización popular y consolidación del Estado.
En el modelo liberal decimonónico, particularmente durante la segunda mitad del siglo XIX, la educación se consolidó como política de Estado en el marco del proyecto moderno agroexportador. Se promovió una escuela pública, laica, obligatoria y gratuita, como vehículo para construir ciudadanía, homogeneizar identidades nacionales y disciplinar a la población trabajadora. Este modelo estuvo alineado con el desarrollo de economías primario-exportadoras, la urbanización incipiente y el fortalecimiento de los aparatos estatales modernos. En este contexto, la educación popular (fundamentalmente de las poblaciones urbanas y criollas) ya no solo era un ideal republicano, sino también una inversión estratégica en el capital humano requerido por el nuevo orden liberal y capitalista.
Finalmente, el modelo positivista de finales del siglo XIX y principios del XX se caracterizó por su racionalismo, su orientación al orden social y su función instrumental en la consolidación de un modelo de desarrollo exportador y dependiente. Bajo este modelo, se buscó promover la enseñanza científica y prácticas enmarcadas en el rigor y la disciplina, bajo la idea de que el alineamiento de la población en torno a metas de crecimiento económico traería progreso y felicidad colectiva. Fue impulsado por Estados que buscaban estabilidad política y atracción de capital extranjero. Un ejemplo claro fue el gobierno de Porfirio Díaz en México, el cual priorizó la educación urbana en detrimento del ámbito rural e indígena, justificando la desposesión de tierras comunales y la homogeneización lingüística, y reflejando una modernización excluyente y subordinada al capital internacional.
A partir de todo este recorrido, me parece que el texto de Weinberg invita a meditar sobre algunas ideas clave sobre los procesos educativos en la región. La primera es una reflexión general sobre el carácter histórico, cultural e ideológico de los modelos educativos. Parece algo obvio, sobre todo después de leer un texto como el de Weinberg, pero a menudo se nos olvida especialmente ahora que contamos con mayor base científica sobre temas educativos y tanto se defienden las políticas educativas basadas en evidencia: los modelos educativos responden a coyunturas históricas y proyectos ideológicos, es decir, no son simples respuestas técnicas a necesidades educativas.
Una segunda idea clave es que los modelos educativos presentes a lo largo de la historia latinoamericana reflejan una pluralidad de proyectos y propósitos políticos: desde los que han sido instrumentos de reproducción de desigualdades hasta los inspirados por la lucha por la emancipación y la ciudadanía. Sin embargo, esto no implica desconocer que los modelos analizados en el libro son de alguna manera los hegemónicos, propuestos por los grupos en el poder. El propio Weinberg reconoció en una reflexión posterior que su principal omisión había sido no considerar de manera suficiente la “educación informal o no institucionalizada”. Según reporta Arata, Weinberg fue consciente de la importancia de que la historia de la educación en América Latina refleje sus dos principales tradiciones fundacionales: la escuela pública, la más explorada desde la investigación histórica; y la educación popular, aún poco estudiada en el momento de la publicación del libro. No obstante, Weinberg incluye a algunas figuras clave de esta segunda tradición, como Simón Rodríguez y José Martí, abriendo camino a quienes posteriormente han retomado y ampliado esta ruta.
Una tercera idea es la crítica de la adopción acrítica de modelos europeos o norteamericanos, y la necesidad de una educación pensada desde y para América Latina. Weinberg convoca a repensar la historia educativa desde una perspectiva latinoamericana y comprometida con los procesos de transformación social. A él se le debe haber rescatado las palabras de Simón Rodríguez: “o inventamos o erramos”. Consideró que las preguntas sobre la región latinoamericana podían ser respondidas desde la historia (enriquecida con la sociología, la filosofía…) y que la historia de la educación en la región podría servir para crear un vínculo colectivo necesario para la identidad histórica común (Arata); algo totalmente coherente con el proyecto editorial que alentó durante larga data de construir una biblioteca del pensamiento latinoamericano “como columna vertebral para el autoconocimiento de Argentina y América Latina” (p. 54), en palabras de Adriana Weinberg, su hija.
Cierro esta reseña reiterando el valor de esta obra y las múltiples posibilidades que abrió para seguir profundizando y revisando críticamente los modelos educativos presentes en la historia latinoamericana, ahora desde una mirada más amplia y con base en premisas epistemológicas y políticas situadas en la perspectiva de la decolonialidad.