Texto: Los infortunios de la virtud
Autor: Donatien Alphonse François – Marqués de Sade
Año original de publicación: 1787
Editorial: EDIMAT LIBROS S.A
Reseñado por: Maikol Picado Cortes
Palabras claves: virtud, filosofía, dilemas éticos, literatura francesa
Citación del texto: Sade, Marqués de. (2005). Los infortunios de la virtud (E. López Castellón, Introd.). EDIMAT LIBROS S.A. (Trabajo original publicado en 1787)

Por lo general, cuando se escucha hablar del Marqués de Sade, se le relaciona con ideas sobre libertinaje, sexualidad, erotismo, entre otras. Sin embargo, como veremos en su texto “Los infortunios de la virtud”, Donatien-Alphonse-François (su verdadero nombre) toca temas relacionados con la filosofía, la política, el arte, las pasiones humanas, la literatura, el vicio, la maldad, la virtud y sus consecuencias.

El texto versa sobre la descripción de las “desgracias que agobian a una mujer dulce y sensible que siempre ha respetado la virtud, y por otra parte, la esplendorosa fortuna que acompaña a quienes la desprecian a lo largo de su vida” (p. 38).

La señora de Lorsange, cuyo nombre fue Julieta y quien estaba a las puertas de los 30 años cuando se escribe su historia, fue una joven que nació en “cuna de oro”, hija de un comerciante parisino que cae en desgracia y huye a Inglaterra, pero muere en el camino cruzando el Canal de la Mancha. Su esposa, madre de Julieta y su hermana, muere de tristeza a los ocho días de la partida de su cónyuge.

Julieta y su hermana fueron niñas que durante su infancia recibieron la mejor educación a la que se podía aspirar en aquella época en Francia. Tuvieron, dentro de un convento de París, los mejores maestros, consejos y buena lectura. Sin embargo, estando muy jóvenes, cuando la mayor de las hermanas cumpliría 15 años, de la noche a la mañana su realidad cambia radicalmente y son abandonadas a su suerte por deliberación de sus parientes cercanos, quienes decidieron acerca del futuro de las niñas.

Julieta y Justina tenían personalidades bastante distintas; la primera parecía solo sensible al placer de sentirse libre, poco le importaban los desdichados acontecimientos que cambiarían su vida, era una joven con mentalidad de mujer de 30 años. Su hermana la menor, que apenas llegaba a los doce cuando sus padres murieron, tenía más bien un carácter sombrío y melancólico. A Justina le hacían falta las habilidades y astucia de su hermana; en cambio, estaba dotada de una gran ternura y sensibilidad, lo cual hizo que se sintiera muy afectada por las nuevas experiencias que le deparaba la vida.

Con tan solo 24 horas para abandonar el convento, Julieta intentaría consolar a su hermana. Sin embargo, el pensamiento de ambas era completamente distinto: para Julieta, su juventud y belleza serían la salvación que les impediría morirse de hambre; serían dueñas de sus actos. Pero esto no le pareció a Justina, quien pensó que este estilo de vida era incompatible con su modo de pensar. Ambas hermanas tomarían caminos distintos.

Al día siguiente, ambas abandonaron el convento. Por su parte, Justina acudió a una costurera, amiga de su madre, quien le quería mucho de niña, a pedir trabajo. Sin embargo, se llevó la sorpresa de ser rechazada sin miramientos; el rechazo tenía relación con la situación actual de la niña: una huérfana que poco podía dar en términos económicos y materiales. Seguidamente, fue a buscar consejo donde el párroco de la comunidad, quien al verla indefensa le ofreció trabajo en su casa, insinuándole algo más que un trabajo de sirvienta cuando le quiso arrebatar un beso. Ofendida y abrumada, usó el poco dinero de su herencia para alquilar una pequeña y oscura habitación amueblada. Allí se entregó a pensar en el doble rechazo que recibía el primer día de su emancipación obligada.

Por su parte, Julieta, sin pensarlo mucho, se dirigió donde una mujer, de la cual había escuchado en un comentario de una de sus amigas que se fugó del convento, que tenía un negocio de damas que atendían caballeros. Fue aceptada y recibió el siguiente consejo de parte de la mujer: “debéis seguir mis consejos y asimilar mis costumbres, cuidar la higiene, la economía, ser franca conmigo, cortés con tus compañeras y pícara con los hombres. Si cumplís con todo ello como os digo, dentro de algunos años estaréis en condiciones de retiraros a una habitación con una cómoda, un espejo y una sirvienta” (p. 43).

Julieta, durante los siguientes cuatro años, vivió momentos que, gracias a su astucia, la catapultaron a terminar obteniendo el título de condesa, no sin antes corromperse “por entero y los triunfos obtenidos del vicio degradaron por completo su alma”. Además, dejó en bancarrota a tres destacados varones de la época y sería la obsesión de muchos hombres que al parecer querían “tener el honor de estar entre las víctimas de sus engaños” (p. 45). Durante esta época, quizá uno de sus primeros delitos abominables lo cometió al planear y ejecutar con la mayor de las sutilezas el asesinato de su marido.

Convertida en condesa, la señora de Lorsange transformó su casa en el lugar del disfrute de sus antiguos vicios. Ahora con cierta posición social, también tuvo otras brillantes conquistas: arruinó a tres embajadores, cuatro recaudadores de impuestos, dos obispos y tres caballeros de las órdenes reales, y no por esto se detuvo. Volvió a manchar sus manos con dos delitos similares al que causó el deceso de su difunto esposo, el conde de Lorsange. También, para conservar su esbelta figura y evitar los murmullos de la gente, cometió varios abortos, vistos en aquellos tiempos como infanticidios. De sus hábiles y perversas actividades nunca hubo rastro, por lo que no fue de ninguna manera sospechosa de cosa ilícita alguna. Fue así como logró acumular riqueza y hacer que esta se incrementara en la misma magnitud de sus delitos y de la cantidad de víctimas.

Luego de vivir en una especie de “concubinato escandaloso” sin que este lo fuera, la condesa y su nuevo amante, un hombre de unos cincuenta años, rico y poderoso, que había decidido entregarse por completo a los caprichos y deseos de su amada, compraron unos terrenos en Montargis en los que pasarían parte del verano. Fue en uno de esos días que conocieron a una joven con apariencia angelical que descendía de un carruaje esposada y con guardias que la acompañaban. Ella estaba acusada de varios crímenes violentos, como asesinato, robo e incendio, pero su figura fina y delicada encendía la llama de la duda de quien se enteraba de su desdicha (condena a pena de muerte), al punto de tachar aquella situación como un desagradable y frecuente error de los tribunales. La joven de unos 26 o 27 años llamó poderosamente la atención de la condesa y su marido. De parte de Julieta, llegó a pensar que aquella criatura era una víctima del destino, mientras que ella, con todos sus crímenes encima, vivía rodeada de lujos y placeres. La pareja solicitó poder escuchar de boca de aquella joven sus desgracias y le indicaron a los guardias que ellos se harían cargo de ella por esa noche.

La joven contó que su origen, sin ser ilustre, era honrado. Sin embargo, la fatalidad de su destino, causándole un sinfín de humillaciones y abandono… de niña perdió a sus padres y creyó que con el poco dinero que le heredaron podría conseguir un trabajo y salir adelante, pero eso nunca pasó. En cambio, intentó trabajar en todos aquellos trabajos que consideró de bien y honrados, rechazando aquellos que no le parecían. Pero poco a poco los ahorros se fueron agotando y, entre más pobre era, más grande era el desprecio que recibía; y cuando más apoyo necesitó fue cuando recibió más ofertas “indignas e ignominiosas”.

De todos sus males, desde que comenzaron sus tormentos, el más grande fue el que perpetró el señor Dubourg, un rentista rico de París de unos 45 años. Ella cuando lo conoció apenas iba a cumplir los 14 años. En esa ocasión, le dijo al señor que era una huérfana que a tan temprana edad ya conocía todas las caras de las desdichas. Ella acudía a él en busca de ayuda, aconsejada bajo el buen nombre y posición de aquel señor, sin tener idea del corazón duro y las depravadas costumbres de aquel hombre. Sus propuestas indecorosas la hicieron huir del lugar.

Cansada y agobiada la joven continuó su relato, indicando que por fin consiguió un empleo en casa de dos personas mayores que habían hecho su riqueza a base de engaños y robos. El trabajo era doméstico y, aunque excedía lo que una niña de 14 años podía realizar, lo aceptó porque no tenía más remedio. En dos años en los que fue puesta a prueba con un exceso de trabajo, un día su amo, el señor Du Harpin, le propuso robarle unas joyas a su vecino que habitaba en una segunda planta, a lo que ella inmediatamente se negó. La excusa del señor Du Harpin para justificar aquella situación, fue que la había puesto a prueba y que, por la providencia, ella había pasado con éxito la prueba. Un mes después de este episodio, su amo llegó por la noche con cuatro soldados y el comisario; la acusó de robar una de sus joyas que finalmente encontraron en su colchón. Era evidente que horas antes él mismo se había encargado de ocultarla ahí para incriminar a Sofía (apodo que utilizaba Justina para ocultar su verdadero nombre).

Ella, en su absoluta miseria, iba a ser un trámite rápido en los tribunales de la época, ya que, como le describió aquella noche a la condesa de Lorsange: “Si bien los títulos o las riquezas no prueban que seáis honesto, el no poseerlos demuestra sin lugar a dudas que sos culpable” (p. 59). Efectivamente, a Sofía se le condenó a muerte un par de días después, pero la providencia le tendría otro camino. Una reclusa que se llamaba Dubois, a quien también habían condenado a muerte por sus crímenes comprobados y de larga data, se interesó por la joven y la noche antes de ser ejecutadas le pidió que se quedara lo más cerca de ella posible. Así lo hizo Sofía, solo para enterarse de que lo que planeaba aquella mujer era un incendio para poder escapar; para ello tenía cómplices a las afueras de los tribunales que ayudarían en su propósito. Finalmente, el incendio se dio; el saldo, 18 personas muertas. La joven Sofía encontró su libertad y la mujer que había sido la mente maestra de aquella tragedia la despidió indicándole que era libre y le dijo: “puedes elegir ahora el tipo de vida que te plazca, pero si he de darte un consejo, debo decirte que, como has podido comprobar, tu virtud no te ha traído más que desgracias (…) mira entonces de cuánto te sirve el bien en el mundo y si vale la pena inmolarse por él” (p. 60).

Sofía tuvo un tiempo de calma cuando estuvo por un periodo de más de 4 años en casa de la condesa de Bressac, a quien conoció gracias a su hijo. Esto sucedió en un bosque cuando Sofía escapaba de uno de sus tantos infortunios. Ahí consiguió aclarar sus disputas con la ley con la ayuda de aquella señora que tuvo misericordia. En aquel momento, Sofía y el hijo de la condesa establecieron una relación que de alguna medida sostenía complicidad, en tanto Sofía ocultaba las actividades pervertidas del muchacho a la madre de este. Sin embargo, esta confianza se quebró cuando el hijo de la condesa invitó a Sofía a participar de un macabro plan: asesinar a su madre.

Sofía se negó y, después de recibir alrededor de 100 latigazos, fue liberada por el hijo de la condesa Bressac. La joven tuvo que caminar lejos de París, donde la buscaban por asesinato, y se estableció en casa de un médico quien le prestó ayuda. Pero aquí también fue echada cuando liberó a una niña de la casa de este médico, quien pretendía utilizar a la niña en experimentos médicos.

Sola y una vez más desterrada, la joven Sofía se encaminó en busca de la periferia de París. Encontró un convento donde pensó que al fin iba a poder dedicar su vida a la providencia, pero fue todo lo contrario. En este convento se encontraban cuatro frailes libertinos y pervertidos que tenían a tres jóvenes como esclavas y que obligaban a cumplir todas sus aberraciones. Esta fue la suerte que corrió Sofía en aquel lugar.

Con el cambio de las autoridades eclesiásticas, Sofía logró salir de ese infierno. Quería ir a la ciudad de Lyon, ya que no podía volver a París. En el camino, intentó ayudar a un hombre que era golpeado por otros, sin sospechar que una vez más el infortunio estaba a la vuelta de la esquina. Unos días después, este hombre la hizo su esclava y, junto con otras mujeres, se veían obligadas a extraer agua en extensas jornadas diarias. Este hombre le dijo: “ya no es la fuerza física la que otorga una posición, sino la que se adquiere por medio de sus riquezas. El hombre más rico se convierte en el hombre más fuerte, y el hombre más pobre, en el hombre más débil” (p. 151).

Aquel vil hombre se marchó a Venecia, dejando a cargo del castillo de falsificadores a un buen hombre que liberó a Sofía. Sin embargo, a los pocos meses de tener una nueva vida, el castillo fue sitiado por unos 100 hombres a caballo que arrestaron a todas las personas de la casa y las llevaron a la ciudad de Grenoble para ser juzgadas. Solamente Sofía se salvó de la pena capital, al conseguir el beneplácito de un magistrado que la ayudó a librarse de todos los cargos que injustamente pesaban en su contra.

Estando en aquella ciudad, Sofía se encontró con una vieja conocida: la mujer que le había salvado de la cárcel hacía ya 10 años. Dubois era ahora una obesa dama muy bien vestida, quien había amasado una gran fortuna. Esta le recordó a Sofía: “Mi querida amiga, la elección que el hombre pueda hacer entre el vicio y la virtud no es lo que va a determinar la felicidad, ya que tanto el vicio como la virtud son sólo una manera de conducirse en el mundo” (p. 163).

Dubois le pidió de nuevo ayuda a Sofía para hacer otra de sus fechorías. Para poder salir de esta, Sofía aceptó, pero, haciendo caso a su conciencia, alertó a la víctima del atraco que planeaba Dubois, quien huyó del lugar no sin antes envenenar a su víctima e inculpar a Sofía. Esta vez, la providencia haría que Sofía una vez más librara el mal. Después de este episodio, Sofía se dirige hacia Lyon. Una noche, en una de las posadas en las que hacía escala, hubo un incendio y, al querer salvarse a sí misma y, a su vez, a una bebé que se encontraba en su habitación, devino el infortunio: tropezó con una viga, haciendo caer a la bebé en las llamas y quemándose partes del cuerpo. La madre, quien había salvado su pellejo sin pensar en su niña, al ver aquella escena culpó a Sofía no solamente de la muerte de su hija, sino también de haber ocasionado el incendio y de robo. Esta tragedia era la que tenía ahora frente a frente a las hermanas: a Justina (Sofía) y Julieta.

Gracias a la pareja de la señora de Lorsange, el señor Corville, quien tenía muy buenos contactos en Francia, todo cargo que se le había puesto a Justina se retiró. Justina, junto a sus protectores, vivieron momentos de tranquilidad. A Justina se le asignó una pensión con el dinero que se recuperó de la casa de falsificación y vivía una vida cómoda. Sin embargo, ella no se sentía a gusto; le decía a su hermana Julieta que no había nacido para disfrutar tanta dicha. Agregó: “Oh querida hermana, es imposible que esto pueda durar” (p. 185).

Finalmente, así fue. Una tarde, antes de un paseo familiar, una tormenta hizo fallecer a Justina al intentar cerrar una ventana que su hermana, quien temía desde la infancia a los rayos, le pidió que cerrara; murió calcinada por un rayo.

Ante aquel hecho, Julieta vio un designio divino. Decidió separarse del señor Corville e internarse en un convento de las Carmelitas, “entre las que en muy poco tiempo se convirtió en modelo y ejemplo, tanto por su gran piedad como por su sabiduría de espíritu y la extrema sobriedad de sus costumbres”. Por su parte, el señor Corville “se hizo digno de obtener los más altos cargos de su país, aceptando tales honores nada más que para obrar en beneficio del pueblo, la gloria de su soberano y la fortuna de sus amigos” (p. 187).

Quiero cerrar la reseña con dos párrafos que me llamaron la atención del libro; uno se encuentra hacia el principio de la obra y el otro es el párrafo final:

“Lamentablemente es muy cierto que la prosperidad suele acompañarse al comportamiento más canallesco y que, en medio del desorden y la corrupción más premeditada, lo que los hombres llaman felicidad puede acompañarlos la vida entera. Pero nadie se alarme ante esta cruel y fatal verdad. Las gentes honestas no deben atormentarse de antemano por esta desdicha que persigue la virtud (…) con respecto al infortunio que aqueja a la virtud, la persona desafortunada a quien parece perseguir la mala suerte, tiene por consuelo su propia conciencia y los goces secretos que le proporcionan su pureza, que le ayudan a resarcirse de las injusticias de los hombres” (p. 46).

“Vosotros, que habéis leído esta historia, ojalá podáis sacar el mismo provecho que esta mujer mundana y arrepentida (Julieta), y os convenzáis, como ella, de que la verdadera felicidad sólo se encuentra en el seno de la virtud, y que si Dios permite que sea perseguida en la Tierra, es para resarcirla en el cielo con las más halagüeñas recompensas” (p. 188).

Donatien-Alphonse-François en su texto pone sobre la mesa el dilema sobre si la virtud conduce a la desdicha y el vicio a la felicidad ¿Por qué se debería ser una persona virtuosa? Lo anterior lo pone de manifiesto en el contraste de vida que tienen las hermanas Julieta y Justina. La pregunta sigue latente, en nuestra sociedad actual, donde muchas veces se premia el ascenso social inescrupuloso y se castiga la virtud. La moral que se promulga muchas veces queda en discurso y la sociedad se rige por reglas muy distintas a las que se predican. El Marques de Sade utiliza una narrativa directa y provocadora que invita al lector a contrastar las contradicciones que hay entre la moralidad que se promulga y la inmoralidad que se práctica en nuestra sociedad, la cual responde muchas veces a conveniencias e intereses individuales. (Datos afirman que el 1 % más rico acumula casi el doble de riqueza que el resto de la población mundial en los últimos dos años)[1]

También podemos ver en el texto de Sade una fuerte critica a las instituciones de su tiempo pero que aún hoy operan de formas similares; la religión, la aristocracia, la política y las leyes que suelen ser sistemas hipócritas donde bajo la virtud y sus menesteres se ocultan la ley del más fuerte y rico sobre los más débiles, miserables y pobres. Un texto que nos invita a reflexionar.


[1] https://www.oxfam.org/es/notas-prensa/el-1-mas-rico-acumula-casi-el-doble-de-riqueza-que-el-resto-de-la-poblacion-mundial-en