Texto: La edad bajo sospecha. Una crítica al edadismo y las edadofobias
Autores: Teresa Moure
Año original de publicación: 2023
Publicado por: Ediciones Catarata
Reseñado por: Bryan Vargas Vargas
Palabras claves: edad, juventud, edadismo, edadofobia, vejez.
Citación: Moure, T. (2023) La edad bajo sospecha. Una crítica al edadismo y las edadofobias

¿Existen las brujas jóvenes?

Inicio señalando que este es un texto que atrapa y resulta muy provocador. Creo que resumir todas las discusiones que se plantean aquí es difícil. La autora propone la edad como otro gran estructurador y segmentador social, al nivel del género y la raza. Precisamente por esa relevancia, son amplias las discusiones sobre la mesa.

No, no existen las brujas jóvenes. Aquí no estoy problematizando respecto a la quema de mujeres en periodos históricos, simplemente a la imagen (texto) que se tiene de la bruja. Desde esa construcción, lo que Moure pone en discusión es la relación entre la figura de la bruja y la vejez femenina: el miedo y las resistencias que genera el avance de la edad. Tanto para quienes la viven como para quienes la observan desde fuera, la vejez se ha asociado en buena medida con el deterioro, con lo feo. En este imaginario, la bruja debía ser vieja.

¿Qué implicaciones tiene que la bruja sea vieja? Además de que es mujer, y esta vieja, representa un rechazo cultural a los cuerpos, al avance del cuerpo, a la diversidad del cuerpo, a ese cuerpo que se empieza a alejar del tipo ideal del cuerpo de la edad intemedia, reproductiva, productiva y fuera de los cánones estéticos definidos.

Literalmente la bruja es el monstruo de la edad.

Con referencia a Bourdieu, la autora señala que la edad funciona como un mecanismo para producir y generar estructuras de obediencia: una forma más de clasificación social, con la misma importancia que la raza, la clase y el género, capaz de imponer límites y reproducir un orden. Esto lo matiza al indicar que la extensión de la esperanza de vida “moderna” es, en buena medida, responsable de esta clasificación, y recuerda que no siempre se alcanza de forma generalizada la llamada “edad intermedia”. En este sentido, toda esencia absoluta merece ser puesta bajo sospecha, apunta Moure, citando también a Derrida, Vattimo y Butler.

De este modo, la autora propone entender la edad como un clasificador temporal y lineal, que opera a través de espacios, conductas, estéticas, hábitos, consumos, gustos y hasta palabras que se asocian a un momento determinado de la vida.

Él: —Usted es demasiado adolescente para entender lo que sucede.
Ella: —Y usted, demasiado boomer, ya deje de repetir lo mismo de siempre.
Ambos: En todo caso, la que no entiende nada es la vieja, que ya está senil. (rien)

La edad sirve para definir ámbitos productivos y reproductivos. Por ejemplo, se enfatiza la importancia del trabajo en la edad intermedia, la consumación de la familia, la compra de la casa o del carro. Son “estereotipos bien recortados” de momentos específicos, que incluyen formas de consumo, comportamiento, ocio, entre otros. Pero la edad también implica exclusiones. La edad intermedia se presenta como la etapa de la plenitud, la razón, el esplendor, la sabiduría que se alcanza después de la adolescencia —entendida como una vida efervescente y llena de equivocaciones.

En este punto, Moure critica las comparaciones con las etapas de la mariposa, a las que se suele asemejar la vida humana. Sin embargo, en la experiencia humana no se muere en plenitud ni en el máximo esplendor: falta la vejez.

De ahí que la edad no solo incluya lo que se hace, sino también lo que se excluye. Un ejemplo que ofrece la autora es el del conocimiento de las personas mayores: ya no se considera como ideas lúcidas fruto de años de experiencia, sino apenas como un reservorio de “folclore popular”. Además, no todas las personas viejas alcanzan esa supuesta sabiduría. Moure advierte que “lo irracional no se incluye en la episteme”: desde la categoría edad, lo racional corresponde a lo adulto, mientras que lo adolescente, lo joven y la vejez quedan desvalorizados.

Lo esperado de la vida justifica la permanencia de las personas jóvenes en el ámbito educativo, tienen que hacerlo, de lo contrario la edad intermedia se lo cobrará muy caro; el mercado se lo cobrará muy caro. Pero ¿acaso la educación o el disfrute de la vida corresponden únicamente a la juventud?

La adolescencia y la juventud son, además, una paradoja; constituyen ese estado físicamente fuerte y bello, pero sin el criterio de la sabiduría; son la crisálida que se prepara para el esplendor. Y, sin embargo, después veremos caer la nitidez de nuestras alas y recurriremos a cremas con ácido hialurónico para intentar volver a ser jóvenes.

La juventud se concibe como el tiempo de la protesta, de la búsqueda de identidad, de la maduración de ideas, de la preparación para el trabajo y de la construcción de herramientas para una familia funcional. Eso es lo esperado. Al menos, estas son las características que marca la sociedad occidental, la cual asume que las personas jóvenes están desprovistas de razón. A mi juicio, la principal consecuencia de esta visión es la relativización de todos los problemas humanos: el trabajo, el estudio, el amor. Esas cosas se resolverán más adelante.

El libro también ofrece una discusión interesante sobre el lenguaje: sobre su “limpieza” y sobre el uso político que se hace de él en relación con la edad, el género y la raza. ¿Quién enuncia una palabra? ¿Cuál es su posición en la estructura social? Eso resulta clave. Por ejemplo, entre los términos “afrodescendiente” y “negro”, el significado y la carga ideológica varían según quién los utilice. Una persona negra que se autodenomina “negro” puede hacerlo desde una lucha reivindicativa.

Esto hay que llevarlo también a la edad, recordando las cargas simbólicas, culturales y/o peyorativas de las que implica ser adolescente, joven o anciano. Enunciarse desde estas posiciones puede ser también un acto reivindicativo, una manera de ejercer espacios sociales que la sociedad espera solo en otras edades.

La autora señala que, frente a tanta heterogeneidad humana atravesada por raza, género, clase y edad, resulta problemático insistir en que exista una continuidad del deber ser social, dividido rígidamente por rangos etarios. Los rangos de edad nunca conforman una clase social nueva ni un grupo homogéneo.

Por mi parte, considero importante señalar la carga subjetiva e intersubjetiva de la edad. Si la edad sirve como clasificador de inclusión o exclusión, ¿qué ocurre con quienes quedamos fuera de los roles asignados a cada etapa? ¿Qué pasa con quien no estudió “a tiempo”, quien no fue padre o madre “a tiempo”, quien no consiguió un trabajo “a tiempo”? ¿Qué sucede con quienes ya trabajaron y, ahora, como en el relato escolar de la biología, pareciera que solo esperan la muerte? (recordemos, nace, crece, reproduce y muere).

Hay una característica fuerte sobre la que escribe Moure, dice que la edad intermedia o adulta esta atravesada por: “el amor a los 30, dinero a los 40 y poder a los 50”. Son expectativas muy duras; la vida no funciona de esa manera. Y, claro está, para alcanzar amor, dinero y poder se espera un sujeto lúcido, racional…

Por otro lado, la edad no solo está compuesta por conductas y espacios sociales, sino que también requiere de un performance. “El mero hecho de estar en el celular subiendo una imagen es muestra de que nos estamos aburriendo”, apunta Moure. Esa observación me pareció tremenda en un momento social en el que la imagen se convierte en fuente de valores. Existe una estética asociada a la juventud, representada como la mariposa de alas abiertas.… claro que no, la mariposa es la edad adulta; la juventud es aún la crisálida.

El punto aquí es la clasificación humana a partir de los cánones de belleza, los cuales se modifican con el avance biológico de los cuerpos. Hay una censura del cuerpo por la edad: hombres y mujeres adultos dejan de ser considerados bellos, la belleza se desgasta y se deshumaniza conforme disminuye la elasticidad de la piel.

Importante en este punto, citando a Moure: “muchas personas se crian apartadas de los grandes altavoces, de las modas o viven existencias ejenas a hitos politcos refrenciales, aunque quizá no a sus consecuencias”. Esto se refiere a cómo las decisiones y luchas sociales atraviesan los cuerpos de las poblaciones, aunque las condiciones concretas no permitan a estas personas participar de ellas. Por ejemplo, el joven rural que se quedó sin educación porque en el centro urbano decidieron otros distantes (socialmente) que no había dinero.

La autora afirma que las categorías etarias persisten porque han resultado funcionales al sistema dominante. En el mejor y más humano de los casos, sirven para atender necesidades particulares de ciertas edades; en el peor, para convertir a las personas en blancos del mercado. Ciertamente, la clasificación por edad es funcional. Sirve, por ejemplo, para encubrir problemas estructurales: frente al desempleo, es fácil responsabilizar al “joven crisálida”, en formación y despreocupado, como si la realidad fuera su culpa.

Quiero cerrar esta reseña con una de las historias con las que inicia el libro: la del patito feo. Aquel que no encajaba, que era rechazado, pero que finalmente mostró su esplendor con el paso del tiempo. Simplemente estaba en su adolescencia, lleno de acné, pero luego fue los más esplendordo para los canones de belleza. Lo que no sabremos nunca es si sacó los ojos de sus hermanos que se burlaron de él.

Se trata, sin duda, de un texto provocador, que merece ser leído especialmente por quienes trabajamos con la categoría de la edad.

Las brujas jóvenes si existen y los buenos libros también.

Fuente: Imagen generada con Inteligencia Artifical.