
Texto: Cómo las pantallas devoran a nuestros hijos
Autor: Francisco Villar Cabeza
Año original de publicación: 2023
Editorial: Herder
Reseñado por: Bryan Vargas y Santiago Vargas
Palabras claves: comunicación digital, comunicación visual, digitalización, tecnologías contemporáneas
Citación: Villar, F. (2023). Cómo las pantallas devoran a nuestros hijos. Editorial Herder.
INTRODUCCIÓN
Esta reflexión está escrita a cuatro manos: entre mi hijo y yo. Me hubiese gustado tener más tiempo para disfrutar la lectura, pero en una sociedad del rendimiento todo es para “ya”. Esta es una breve reseña del libro Cómo las pantallas devoran a nuestros hijos, de Francisco Villar Cabeza. Se trata de un texto profundo que aborda las dificultades en el desarrollo cognitivo, los efectos de las pantallas en el desarrollo humano, los problemas conductuales y de autopercepción derivados de la digitalización, así como reflexiones filosóficas sobre sus consecuencias individuales y sociales.
Antes de entrar en el contenido de la obra, nos gustaría hacer un intertexto que conversamos antes de escribir (papá le contó sobre estos autores a Santiago).
El primer autor que comentamos fue George Ritzer y su conocida McDonaldización de la sociedad. De ese libro recordaba la “omisión del experto”: ya no se necesita un chef para hacer una hamburguesa, porque el proceso estandarizado reemplaza su conocimiento. En el texto de Villar Cabeza se sugiere algo similar: los expertos en salud mental han sido desplazados o no importan, y parecería que la digitalización por sí misma resolverá los problemas que ella misma provoca.
El segundo texto que comentamos fue La sociedad del riesgo, de Ulrich Beck. Encontramos similitudes en la aceptación de riesgos “inevitables” que hace la modernidad. La digitalización funciona como una dosificación aceptable del “veneno”: ya existe suficiente evidencia científica sobre los daños que provoca en distintas etapas del desarrollo, los problemas de aprendizaje y conducta, pero aun así se asume como algo necesario e inevitable.
La tercera obra es La corrosión del carácter, de Richard Sennett. Tomamos de Sennett la idea de la inmediatez, la necesidad constante de reinventarse y la frustración de no poder construir un proyecto de vida estable. Estas ideas se conectan con lo expuesto por Villar Cabeza sobre la intolerancia a la frustración y la falta de herramientas emocionales asociadas a la digitalización. Lo vemos en dos sentidos:
- la incapacidad de enfrentar la frustración, por ejemplo, al negar la posibilidad del aburrimiento;
- la frustración que generan los modelos irreales proyectados en redes sociales, metas que quizá nunca se alcancen porque el sistema capitalista tampoco lo permite, pero aun así se consumen como aspiraciones.
A lo anterior podrían sumarse otras ideas: el autocontrol, la autoexigencia sin necesidad de instituciones de control, el miedo a la libertad o lo planteado por Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio. En síntesis, es un texto con mucha filosofía de fondo y con evidencia abundante.
LA DIGITALIZACIÓN DE LA VIDA
Entre los múltiples problemas que señala el autor, quizá el primero sea reconocer que vivimos en una era humana digital, con nuevas lógicas, valores y conocimientos necesarios, que asumimos sin cuestionar. Todas las personas debemos “actualizarnos”, incluso los niños y jóvenes.
Más allá de esta era digital aceptada, está la digitalización de la vida: todas las dimensiones e interacciones humanas están mediadas por las pantallas, sin preguntarnos si realmente sigue habiendo interacción humana. Quienes controlan estos procesos han convertido fácilmente a las personas en constructores/objetos de conocimiento y sujetos de consumo. Nuestros niños y niñas son ya objetos de bases de datos para futuros mercados de consumo. Si a esto sumamos la incapacidad de tolerar la frustración, el panorama es preocupante. Como cita el autor:
“Hacerles creer que ejercen su libertad al seguir consumiendo, aún más que al realizar un acto de felicidad.” (p. 21)
Suena a película de terror, sobre todo en una sociedad tan desigual, donde muchos niños no podrán acceder al mundo material que las pantallas les prometen. Y si sumamos la corrosión del carácter, es una bomba de tiempo. Probablemente ya estalló.
La intolerancia a la frustración es un ingrediente central en una sociedad que exige resultados inmediatos.
Otro gran problema es la relativización de los efectos de la digitalización. Existe abundante evidencia científica sobre su impacto en:
- sedentarismo y obesidad,
- calidad del sueño,
- distracción del aprendizaje,
- riesgo de enfermedades mentales,
- capacidad de concentración,
- comprensión profunda,
- fracaso escolar,
- problemas de socialización,
- intolerancia a la frustración,
- abusos emocionales y sexuales,
- autopercepción del yo,
entre otros.
Sin embargo, los defensores de la digitalización sostienen que no se puede culpar únicamente a las pantallas. Es un argumento similar al de: “no a todos los fumadores les da cáncer, por tanto, no existe relación entre fumar y el cáncer”. Así se relativiza la realidad.
Además, el libro plantea un dilema ético: poner en riesgo la salud humana con la promesa de mejorarla. Como una quimioterapia, pero sin evidencia de que la digitalización aporte mejoras reales. La digitalización no ha demostrado beneficios tangibles y justificables en el desarrollo infantil.
Otro punto clave: no existe una “generación digital”. La digitalización no es inherente al ser humano, no lo mejora ni lo necesita.
En palabras del autor: “En la misma sociedad que mide hasta el rendimiento de nuestro sueño, se nos muestra el daño de la digitalización de la vida.”
Un ejemplo cotidiano: una pantalla en el vehículo impide desarrollar la tolerancia a la frustración. Le contaba a Santiago que él aprendió a leer muy temprano observando los rótulos de la ciudad; en su aburrimiento, leyó y comprendió su entorno.
Sobre los estratos sociales, el autor señala que mientras algunos niños se vuelven objetos de datos para el consumo, otros —los más privilegiados— participan en actividades protectoras: interacción simple con la familia, deportes, excursiones a la naturaleza… actividades exclusivas y excluyentes.
Otro punto clave es la interacción más sencilla. Podemos estar al lado de nuestros hijos, cada uno en su pantalla sin saber qué hace el otro. Esa escena desvirtúa la función protectora de la presencia adulta: interrumpe la interacción, afecta la atención y empobrece las relaciones sociales.
La evidencia es abrumadora: tristeza, depresión, desesperanza, acoso, exposición online, comparaciones constantes con modelos irreales de éxito y belleza. Se ha demostrado, por ejemplo, la relación entre bienestar emocional y edad de adquisición del primer móvil: cuanto más tardío el acceso, mayor bienestar.
Una discusión central del libro es que la digitalización no está diseñada para el aprendizaje infantil: el cerebro se desarrolla mediante el uso del entorno, el juego, la imaginación y la interacción física. Las pantallas interfieren en estos procesos naturales. No se trata de vivir en una burbuja, sino de permitir el juego libre, la autorregulación y el autocontrol.
En la actualidad es más esencial que nunca que el proceso de adquisición de información esté acompañado y organizado por adultos. La cantidad de información es imposible de procesar sin guía. Tener acceso a Internet es tener un mundo infinito sin mapa.
PARA REFLEXIONAR
Es urgente discutir los efectos de la digitalización: el acceso fácil a la pornografía y sus consecuencias, los delitos sexuales, la incapacidad de establecer relaciones afectivas sanas, los escenarios irreales que dificultan el contacto humano, el sexting, el acoso y el abuso de menores, entre otros fenómenos graves.
En palabras de Santiago, lo que nos queda del libro es que:
“Las pantallas roban la capacidad de conocer el mundo que nos rodea e imponen una realidad falsa de la cual es difícil escapar.”
Un texto muy recomendado con importantes recomendaciones ante la digitalización y ante las pantallas.