Plantilla tomada de freepik.es

Por: Roy González-Sancho

*Ponencia presentada el 11 de setiembre de 2021 en el marco del I Congreso Internacional Sobre Conductas Suicidas y Problemática Asociadas, bajo el auspicio de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. 

Quizás un punto inicial para el abordaje de esta cuestión radique en la urgencia de partir desde una postura teórica y de una noción de sujeto o subjetividad. En este sentido vale la pena iniciar con los planteamientos de Holzkamp (2015) al respecto, pues introduciéndose en el campo de la psicología de crítica, postula que el individuo y su subjetividad se desarrollan partiendo de una relación doble, en la que las condiciones sociales -de acción- donde se encuentra, se producen como derivación de su propia actividad productiva, al tiempo que ha de reconocerse que éstas no son simétricas y que se encuentran medidas por las necesidades de preservación del sistema social y las necesidades subjetivas de vida del sujeto.  

De esta manera, el propio individuo particular participa de alguna manera y en dimensiones o alcances diferenciados de la producción, evolución, consolidación y reproducción de las condiciones bajo las cuales luego vive.  

Al mismo tiempo, el autor menciona que esta participación tiene lugar debido a que el sujeto posee capacidad de acción, la cual representa la mediación entre la actividad individual y social de la vida, así como la capacidad que éste tiene para disponer en sociedad con otros individuos, de sus condiciones de vida subjetivamente relevantes, tanto para mejorar la calidad de esta como para seguir o reproducir restrictivamente  las relaciones sociales “hegemónicas” o consideradas universales-alternativa restrictiva de acción-.  

Así, para Holzkamp (2015) la subjetividad se convierte en cierta medida en la representación del grado y tipo de control sobre las fuentes de satisfacción, es decir en la cara individual que se muestra del nivel o clase de dominio y control de las condiciones objetivas de las que dependen las posibilidades de vida y el propio desarrollo.   

Seguidamente podrían explorarse algunas consideraciones conceptuales ya discutidas en este congreso, y otras de las más extendidas a lo largo de la historia de reflexión del concepto, por ejemplo para Durkheim (2013) el suicidio reviste como aspecto característico una renuncia a vivir por parte de la víctima, con plena conciencia de que la acción que realizará contra su propia vida tiene consecuencias fatales. No obstante, con el pasar de los años desde aquella publicación del autor, las formas de gestionar la vida y la muerte han variado significativamente, tanto con avances importantes como con retrocesos lamentables en muchos casos. Por eso cabe preguntarse como primer interrogante ¿Hasta qué punto se encuentra consciente la víctima de suicidio de sus motivaciones? ¿Se trata enteramente de un acto de libertad? -entendiendo por esta la capacidad de acción en ausencia de coerción de un tercero que limite las posibilidades de acción-.  

Quizás por ello González-Sancho & Picado Cortés (2020) han decidido definir el suicidio como: “aquellas conductas o acciones que una persona emprende con el objetivo de atentar contra su propia vida, como respuesta o motivadas ante múltiples factores psicosociales, biológicos, económicos y culturales, los cuales pueden desempeñar un papel determinante en la consumación o no del acto”(p. 48). Esto debido a que cabe la posibilidad de pensar si la persona que muere por suicidio es completamente consciente de forma individual de su acto, lo cual no quiere decir definitivamente que esto pueda ser esclarecido post-mortem con las limitaciones materiales que cada caso pudiese plantear.   

Podría pensarse en que un evento de esta índole refiere a una de las más complejas vivencias que un ser humano puede experimentar. Holzkamp (2015) señala que la emocionalidad es una faceta desarrollada de lo que él ha denominado capacidad de acción, patente en la valoración de las posibilidades de acción en el entorno, de acuerdo con el patrón de las propias necesidades subjetivas, al momento que es esta una función central en la manera cómo se conoce, se representa y se reproduce cognitivamente la imagen del mundo.  

Este nuevo elemento en la elaboración de esta respuesta, resulta clave en la medida que la forma en como se ha intentado construir o reconstruir el mundo que se habita, el entorno o el universo de las víctimas suicidas, en ocasiones ha centrando su significado y consecuencias en la persona que ha fallecido, obviando algunos elementos trascendentales como lo Psicosocial y la implicación relacional-dialéctica -positiva y negativa- que han adquirido las interacciones sedimentadas en el ejercicio de la experiencia de vida y de la realidad que se está como sujeto, dicho de otra forma, de las condiciones materiales objetivas, concretas y simbólicas con las que vive.  

Para Berardi (2016) el suicidio dista mucho de corresponder con la manifestación de un fenómeno marginal de una psicopatología señera -aislada-, sino que se ha está convirtiendo en un “agente” de la historia política presente y en un punto de inflexión imposible de elaborar de la cultura y en el hito de un cambio antropológico imposible de elaborar por la cultura planetaria.  De esta manera el autor menciona que:  

“El suicidio es una forma de comportamiento asociada a aquellos periodos de catástrofe antropológica que para las poblaciones afectadas marcan el final de una época… El suicidio es una reacción de los seres humanos que sufren la destrucción de sus referencias culturales y ven humillada su dignidad. Se trata de una de las razones por las que marca de manera tan indeleble el paisaje de nuestro tiempo.” (p. 142) 

La cita anterior, calza con una de las observaciones que hiciera en el siglo XIX Durkheim (2013), sobre el caso alemán de suicidios que abordó en su estudio fundacional sobre el tema. El sociólogo afirmó que lejos de buscar las causas en “la sangre de los alemanes” de sus altas tasas de fallecimientos, los hechos demostraban que éstas debían buscarse en la civilización donde fueron educados. 

Esto, lejos de ser una apreciación premonitoria de la cita expuesta antriormente, indica que el suicidio como hecho compartido -objetivo- de todas las sociedades contemporáneas, se encuentra en profunda correspondencia con las relaciones sociales y las condiciones de las posibilidades de vida impuestas por el modo de producción imperante.  

Siguiendo a Holzkamp (2015), el acto de pensar no tiene una relación exclusiva -ni de lejos- con la actividad de “resolver problemas”, sino que corresponde con el proceso de comprender las relaciones que existen entre ambiente o sociedad con las actividades particulares de los sujetos. Dicho de otra forma, que radica en la posibilidad de poder construir en la práctica una representación no contradictoria de las contradicciones objetivas que componen la realidad, acción con la que, según el psicólogo alemán, es posible reconocerlas como aspectos de la realidad misma y superarlas en la práctica -el quehacer humano-.  

De esta manera, puede señalarse en este punto que hay aspectos sobre la forma cómo se estructuran las relaciones sociales e intersubjetivas, que dan como resultado las condiciones de posibilidad de acción que producen la “muerte voluntaria”. Inicialmente, Durkheim (2013) en el siglo XIX señaló que el individualismo -en tanto organización del proceder orientado al fin único del sujeto por este mismo-, da mayores probabilidades de terminar en suicidio, debido entre otras razones, al contar con menores oportunidades para afrontar los dolores o circunstancias adversas propias de la vida. Las cuales podrían aliviarse significativamente con la vida y actividad colectiva o grupal, es decir en espacios en los que se pudiera compartir la realización de la subjetivación.  

Asimismo, cuando incluso la forma o la estructura de pensar y de pensarse en el mundo están cooptadas por razones o circunstancias concretas inmediatas -familia, relación de pareja, religión, vida en centros educativos adversa, etc.- o estructurales -desigualdad, exclusión, discriminación, racismo, etc.-, es comprensible que las probabilidades o los  riesgos para que una persona pierda la vida por suicidio sean mayores que en otras circunstancias. Al respecto, Berardi (2016) considera que:  

“La destrucción de los medios que permiten leer el «mundo» en sus signos naturales y culturales conduce a que el suicidio parezca la única respuesta posible a lo intolerable de una vida permanentemente despojada de reconocimiento y, en particular, privada de autorreconocimiento” (p.145) 

Éste mismo autor ha considerado que el aumento paulatino de los caos de conductas suicidas ha llegado como consecuencia del estrés social, el empobrecimiento emocional que sufre las poblaciones, y durante la implementación de lo que él denomina el modelo capitalista en su faceta absolutista. En este proceso de reciente data, el autor menciona que se ha producido una subordinación de la administración del tiempo y de las actividades de las personas al “funcionamiento” de la economía. Cierra su idea acotando que “La explotación, la competencia, la precariedad, el cese del empleo no se perciben como efectos de una relación social conflictiva, sino que se internalizan como deficiencias del sujeto y como incompetencia personal.” (Berardi, 2016, p.148).  

Tal parece que hasta la misma limitación de la capacidad de pensar, enmarcada en el “pensamiento” mágico neoliberal y en ese “positivismo tóxico», a partir de los cuales se desplaza al sujeto la responsabilidad de las condiciones estructurales y de los resultados o efectos individuales que estas tienen sobre este, juegan muy en contra de las propias posibilidades de vivir decentemente. Incluso cuando se ejerce la alternativa restrictiva de la capacidad de acción, es decir esa que se ejecuta en reconocimiento de los límites establecidos y en complicidad con las relaciones dominantes o actuando de acuerdo con ellas, las consecuencias para la persona son adversas y contrarias con sus propias posibilidades de vida.  

Una manifestación de ello termina correspondiendo con las motivaciones expresadas o perseguidas por muchas personas, la cuales terminan en correspondencia  -parafraseando a Holzkamp (2015)- con una internalización de las coerciones externas y limitaciones de posibilidad de vida, como un objetivo aspiracional y de realización, sin la oportunidad de cuestionarse si esa meta podría mejorar significativamente las propias condiciones subjetivas de vida.  

Ese proceso marcado por la poca posibilidad de lograr subjetivarse, autorrealizarse y de reconocerse como parte de una comunidad de humanos o de un grupo, delimitado por la imposibilidad de lograr los fines o metas por carecer de las condiciones materiales y las privaciones facultativas para conseguirlas, hace que el desarrollo de desgaste subjetivo y de las propias capacidades de afrontar momentos difíciles sean escasas, al momento que la misma persona considera que se debe a su propia culpa e incapacidad. Dicho de otra forma cabe pensar que quien se suicida, es víctima y no victimario de su propia vida.  

A modo de cierre: 

La concepción y las formas en la que se ha “regulado” el tema de las muertes por suicidio ha variado constantemente, conforme han ido sucediéndose los cambios respecto de las formas de dominación y de la organización de los modos de producción.  

Por ejemplo, de acuerdo con González-Cobo (2015) en el mundo greco latino, las muertes “por propia mano” llegaron a verse como una afrenta contra la potestad del Estado de aprobar quitarse la vida, ya que el ciudadano era propiedad de aquel. No obstante, en el caso de los esclavos el escarnio era peor, pues de acuerdo con el Derecho Romano “la muerte voluntaria” de estas personas era considerada despreciable, pues correspondía a un atentado contra la mano de obra y la propiedad de su amo. En fin, en aquellos tiempos suicidarse era una forma de usurpar un bien de los dioses o de la “comunidad”, especialmente en momentos en los que se requería de personas para “recuperar la economía”. 

En la actualidad, como lo ha indicado Berardi (2016), parece que las ganancias del capitalismo financiero interterritorial, dependen de la desaparición del bien común, tal como lo han mostrado la crisis financiera de las hipotecas estadounidenses en 2008 y todas las demás crisis financieras caracterizadas por el despojo de bienes. Solo que, a esta aseveración, valdría la pena agregar la desaparición y precarización de la propia capacidad del sujeto de ser, estar y de tener las condiciones favorables para vivir y desarrollarse.  

Conclusiones.  

Se podrá iniciar este apartado diciendo que es posible afirmar e identificar el rol determinante que tiene el modo de producción imperante, en tanto produce las condiciones positivas y negativas que resultan u ocasionan los procesos que llevan a un desenlace fatal por suicidio.  

Al tiempo que, al ser esta una problemática que pone en evidencia las consecuencias de las formas en las que se han estructurado las relaciones sociales como resultado de un modo de producción absolutista, no es de extrañar que se encuentren resistencias en los diferentes países para la formación de política pública, legislación, prevención y tratamiento del problema en sus causas estructurales. 

Por otra parte, las consecuencias palpables de este flagelo se demuestran en la medida que desde tiempos del siglo XIX,  con estudios como los de Durkheim (2013) y Winslow (1840), hasta la actualidad las edades de las personas que se fallecen víctimas de suicidio, son más tempranas (12 a menos de 30), permaneciendo aún altas tasas en personas de la tercera edad y hombres en general.  

El acentuamiento de las desigualdades, del discurso único del individualismo como valor fundamental, el pensamiento mágico de autorrealización aislada, la responsabilidad desplazada a las personas en exclusión de sus condiciones y posibilidades de vida limitadas y desfavorables, han ocasionado en harta cantidad de casos que la desesperanza, la tristeza, la frustración y su consecuente desgaste, mermaran las capacidades de afrontamiento y de solicitud de auxilio en personas que han fallecido por suicidio.  En este sentido quien muere por suicidio no se quita la vida por su propia mano, es víctima de todo un proceso en el que han colaborado activamente o por omisión otras personas. Ello significa que una incapacidad similar a la que imposibilitó a la víctima para solicitar asistencia oportuna, ha llevado a otros a no poder identificar a tiempo las señales o los gritos disfrazados avisados por la persona.  

Por lo anterior, a la persona que muere víctima de suicidio, o quien intenta consumar un acto de esta naturaleza, no se le debe responsabilizar ni culpabilizar de su situación, cualquier acción contraria revictimizaría tanto a la persona que ha fallecido como aquella que ha sobrevivido a un intento, con el agravante adicional de que en este último caso estaría aumentando más el riesgo para esta de perder la vida.  

Teniendo en cuenta toda la discusión aquí desarrollada, valdría la pena considerar el efecto de contagio así llamado por la academia, con el objetivo de ver si este responde sustancialmente al fenómeno o dinámica que describe. Principalmente ante la duda razonable y justificada, sobre las causas del desenlace fatal por suicidio y de si este puede ser atribuible completamente a la víctima.  

Bibliografía  

Berardi, F. (2016). Hérores: Asesinato masivo y suicidio. Ediciones Akal. 

Durkheim, É. (2013). El suicidio. Edición revisada y corregida (Segunda edición revisada). Colofón S.A. 

González-Cobo, R. A. (2015). Semper dolens: Historia del Suicidio en Occidente (Primer Edición). Acantilado, Quaderns Crema S.A. 

González-Sancho, R., & Picado Cortés, M. (2020). Revisión sistemática de literatura sobre suicidio: Factores de riesgo y protectores en jóvenes  Latinoamericanos 1995-2017. Actualidades en Psicología34(129), 47-69. https://doi.org/DOI: 10.15517/ap.v34i129.34298 

Holzkamp, K. (2015). Ciencia Marxista del Sujeto: Una Introduccion a la Psicología Crítica. La Obeja Roja. 

Winslow, F. (1840). Anatomy of Suicide. Carfrae & Son; Edinburg and Fannin & Co.