Por: Mario Araya Pérez

Hace un par de años si hubiese tenido que redactar un texto de opinión que buscara sensibilizar a las personas respecto a lo que implican las dinámicas de confinamiento, quizá este hubiera comenzado solicitándole a estas ir a un lugar ficticio, imaginario, en el cual le presentaría algunas situaciones, que según mí experiencia viven miles de personas jóvenes y otras no tan jóvenes en diferentes lugares de la región. Quizá hubiese escrito algo como…

Imagine levantarse un día por la mañana muy temprano. Bajar de su cama. Si la tiene. Pone sus pies descalzos sobre el piso frío. Tiene hambre, y quiere tomar una taza de café. Recuerda que de ayer no le ha alcanzado para reabastecer sus provisiones. O quizá no lo recuerda, solo pretende haberlo olvidado. Tal vez hoy, al final del día, si le alcance para conseguir algo y saciar el hambre. ¿Hoy sí?, se pregunta.

La tele al otro al otro lado de la cortina, que hace que su hogar parezca tener dos aposentos diferenciados, sigue encendida, aunque algo maltrecha aún permite la conexión de una cajita, de esas que captan la señal digital, para ver las imágenes ahora un poco mejor de lo que antes se conseguía con una antena de conejito. No entiende muy bien cómo funciona, pero funciona.

A esa hora lo que interesa son las noticias. Inician después de algún programa, que con suerte mantiene despiertos a quienes no han logrado dormir en la noche y madrugada anterior, porque no pueden. Porque no deben. Pero usted eso ya lo sabe, y se dice dudosamente para sus adentros, ¡por suerte!

Las personas periodistas comienzan las notas del día, señalando que algo no va bien en el mundo. Que novedad. No tienen mucha claridad de que lo origina, de qué puede provocar, pero si tienen claro lo que las autoridades señalan. ‘Eso’ a medio camino entre estar vivo y muerto, representa una amenaza. No lo saben muy bien, pero le confieren una maldad intrínseca. Quiere quitarle lo que usted más valora en la vida, quiere afectar su vida cotidiana, viene a quitarle su paz y su tranquilidad. De repente, indican que la mejor forma de contenerlo es… aislándolo. ‘Eso’ es susceptible de ser portado por las personas, probablemente sin saberlo. La maldad ahora puede estar en ellos.

‘Eso’ es una amenaza y usted un riesgo. Le dejan claro que usted ahora es un peligro. Que no conviene que se aleje del lugar en el que esta. Ese es para usted su mejor lugar y no otro. Cualquier actividad que usted quiera realizar como; desplazarse, buscar recursos para su alimento, hacer alguna actividad física, buscar paz mental, vivir, ejercer su derecho a la libre circulación, al espacio público, a la ciudad; todo esto es parte de la amenaza.

Se instalarán una serie de instancias de control, vigilancia y verificación. Habrá una serie agentes de seguridad dispuestos a identificarle. Deberá justificar muy bien sus movimientos, tener muy buenas razones para llevarlas a cabo, portar documentos que verifiquen sus motivos. Será constantemente detenido, sobre usted recaerá constantemente la sospecha.

Y así seguiría, poco a poco, ahondando en detalles. Evidenciando los temores, dando cuenta de las inseguridades, de aquellos pocos lugares en los cuales se siente seguro. Algunas de estas situaciones probablemente le resultarán incomprensibles. Algunas jamás podrán experimentarlas, pero otras quizás ya las hayan vivido.

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Confinamiento[1], actualmente, puede ser una palabra que resuene de muchas maneras en la vida de la mayoría de las personas en el mundo. De una u otra forma, la crisis sanitaria generada por la COVID-19 marcó desde muy temprano la cotidianidad de muchas desde inicios del año 2020. Para algunas como una necesidad y obligación, una suerte de búsqueda de seguridad frente a la posible enfermedad y muerte que el contagio podía implicar, para otros como una imposición emanada desde los gobiernos de los territorios nacionales a los que pertenecen, mientras que para una gran mayoría una opción que no podían permitirse, o que no resultaba del todo deseable. Lo anterior debido a los posibles efectos del llamado a quedarse en casa implicaban, la imposibilidad de agenciarse los recursos mínimos necesarios para la reproducción de su vida o tener que vivir un agravamiento de las situaciones de violencia vividos en estos contextos, entren otras situaciones problemáticas existentes y que tendieron a agravarse, de manera diferenciada para diversas personas sobre todo jóvenes y mujeres[2].     

Otra palabra, no menos importante es la de normalidad. Como nos lo recuerda García Marín[3], la “normalidad” que muchas añorábamos, sobre las cuales sosteníamos nuestros esfuerzos cotidianos para evitar la propagación del contagio, y que muchas veces exigíamos; se sostiene realmente en una profunda desigualdad social, base de dicha normalidad. Cómo apunta el autor;

Solicitar un retorno a la «normalidad» es obviar las desigualdades sociales que nos caracterizan como región, no podemos asumir que la precariedad, la exclusión social y el aumento en los delitos -contra el patrimonio, la vida, psicotrópicos, violencia contra las mujeres- son parte de una normalidad. Estamos a tiempo de repensarnos y que discutamos como sociedad con los diferentes actores y actrices ¿Qué sociedad queremos, qué sociedad requerimos? (García Marin, 2020, prf. 10)

Quienes hemos venido reflexionando desde la realidad vivida, por miles de personas, en instituciones de encierro, de alguna manera también nos vimos envueltos por la preocupación alrededor de estas palabras, por un lado veíamos el supuesto cambio o ruptura que la nueva condiciones de “confinamiento” iba a implicar para algunas personas, sobre todo las más o menos mejor acomodadas en el colectivo social que podían permitírselo, como una oportunidad para generar un especie de conciencia de lo que implica la vivencia del encierro en contra de nuestra voluntad, en entornos muy limitados y altamente controlados[4] de movilidad. Y con ello la posibilidad de abrir espacios de discusión sobre otro tipo de medidas para enfrentar como colectivo las crisis y conflictos en nuestras sociedades. Esta esperanza, si se le puede llamar así, cayó temprano durante la pandemia cuando en las formas de gestión de esta en los establecimientos penales se optó, por una lógica de aumento en la dinámica de encierro y control, no así de apertura para la para una posible salida desde la desinstitucionalización[5].    

Tanto la idea de si el “confinamiento” generó algún tipo de sensibilización en la población respecto al confinamiento que viven las personas en las instituciones de encierro, así como el impacto, efectividad, etc., que tuvo las medidas tomadas por el Ministerio de Justicia y Paz – y quizá en una mirada comparativa, con otras adoptadas por distintas instancias en otros países de la región-, son aspectos que considero pueden ser temas valiosos de explorar en futuras investigaciones.

A dos años de la aparición del SARS-CoV-2 en el mundo, creo que estas ideas sobre el confinamiento y la normalidad merecen la pena de ser retomadas, sobre todo por lo que ha implicado en términos de cuestionamiento sobre lo cotidiano en la vida de muchas personas, las experiencias que hayan tenido en términos de restricción de sus formas de movilidad, de su contacto con instrucciones poco claras sobre como proceder, de la valoración sobre la sensación de arbitrariedad en ciertas decisiones, de verse expuestas a controles, retenes, vigilancias y sanciones con las autoridades, a las negociaciones, entre otras dinámicas no siempre tan evidentes en nuestras vidas.

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Sobre algunas de estas ideas continuaré profundizando en próximas publicaciones de este blog.


[1] En este breve documento me refiero al uso común de la palabra y no a su implementación técnica, que debe distinguir analíticamente de otras nociones como cuarentena, aislamiento, distanciamiento social, y propiamente la noción de confinamiento. Para lo cual puede consultarse el siguiente documento, https://www.analesdepediatria.org/es-covid-19-cuarentena-aislamiento-distanciamiento-social-articulo-S1695403320301776 . Siguiendo la distinción señalada en la fuente anterior, en Costa Rica, no existió un confinamiento estrictamente hablando sino una serie de medidas de distanciamiento social.

[2] Para una mejor reflexión sobre este aspecto puede referirse a la siguiente entrada de este mismo blog; Argentina Artavia Medrano. (7 de julio del 2020). También es un asunto de mujeres: Impactos diferenciados y toma de decisiones en tiempos de pandemia. Disponible en https://investiga.uned.ac.cr/agendajoven/tambien-es-un-asunto-de-mujeres-impactos-diferenciados-y-toma-de-decisiones-en-tiempos-de-pandemia/

[3] Para una reflexión más detallada Para una reflexión más detallada puede referirse a una entrada anterior de este blog: Anthony García Marín, (18 de junio del 2020). La abuelita Zenaida y el retorno a la «normalidad». Disponible en https://investiga.uned.ac.cr/agendajoven/la-abuelita-zenaida-y-el-retorno-a-la-normalidad/

[4] No debe olvidarse el papel que la policía y otros cuerpos de seguridad tuvieron durante la pandemia. Situación que generó también muchas reflexiones y discusiones respecto al poder que les confería y a las situaciones de abuso de autoridad, entre otras situaciones que se presentaron.

[5] Para una reflexión más detallada puede referirse a una entrada anterior de este blog: Mario Araya Pérez, (28 de abril del 2020). Virus y establecimientos penales: Costa Rica frente al COVID-19. Disponible en https://investiga.uned.ac.cr/agendajoven/virus-y-establecimientos-penales-costa-rica-frente-al-covid-19/